miércoles, 8 de abril de 2015

LAUTARO

El niño Felipe
Lo llaman Felipe, pero también le dicen Felipito o Felipillo, según el grado de humor de sus dueños: el conquistador Pedro de Valdivia y su fiel amante Inés Suárez. En realidad su verdadero nombre es Lautaro que en idioma mapuche significa “carancho veloz”, pero cuando tenía 11 años fue capturado en una redada que hicieron los españoles y fue puesto al servicio de Valdivia, el gobernador de Chile y jefe del fuerte de Santiago. Desde 1541 el militar español y sus hombres tratan infructuosamente de dominar a los mapuches a quienes llamaban araucanos.
             Pedro de Valdivia (1497-1553)

Felipe es un “yanacona”, término equivalente al de auxiliar o ayudante, pero en realidad los yanaconas son prisioneros esclavos encargados de todas las tareas pesadas en la pequeña comunidad, incluyendo el transporte de la logística durante las expediciones que Valdivia lleva a cabo para exterminar a los mapuches.

Sin embargo, Felipe goza de un trato especial, es sumiso y obediente y pronto aprende el idioma castellano y registra en su mente los hábitos y costumbres de los conquistadores. Es un muchacho contemplativo y silencioso capaz de pasarse horas inmóvil en profunda meditación. “Es flojo como todos los de su raza”, decían de él los soldados.

Los criados tienen prohibido montar los caballos bajo pena de azote, pero con Felipe se hace una excepción, ya que él los alimenta y es capaz de domarlos sin violencia. Pronto aprende a cabalgar, se pega sobre el animal hasta formar una unidad entre el hombre y la bestia. No usa montura ni espuelas, guía al caballo con una leve presión de sus rodillas y lleva las riendas en la boca de manera de tener las manos libres para usar el arco y las flechas. Puede montar a la carrera y hacer toda clase de piruetas sobre el lomo del animal, ante la mirada asombrada de los españoles que tratan infructuosamente de imitar sus habilidades.

Felipe es capaz de echarse sobre sus espaldas más peso que cualquier hombre adulto. Invierno y verano se baña en las aguas heladas del río Mapocho y los españoles que huyen del agua como del fuego, suelen treparse a la empalizada y cruzar apuestas sobre su resistencia en el río.
En más de una ocasión, Felipe es testigo de los escarmientos a los que Valdivia somete a los derrotados mapuches, mutilando a los prisioneros y liberándolos después, sin nariz y sin una mano, como ejemplo para evitar futuras rebeliones. En el interior del muchacho se empieza a gestar el proyecto de vengar a su pueblo de estos invasores que se quieren apoderar de sus tierras, de sus alimentos y de sus mujeres.

Nace Lautaro
Una mañana, uno de los vigías del fuerte informa que Sultán, el alazán preferido de Valdivia había sido decapitado y su cabeza clavada en una pica. La simultánea desaparición de Felipe lo transformó en el culpable inmediato del asesinato del caballo, algo que resultaba inexplicable ya que el muchacho tenía especial cariño por el animal.

Felipe deja toda su ropa y parte desnudo hacia la selva, lo del caballo fue sin duda un rito, un acto de separación definitiva de ese mundo que no es el suyo sino el de los enemigos de su raza. Corre por la ribera del Mapocho, oculto en la vegetación de cañas y helechos, cruza a nado el río que lo lava por dentro y por fuera dejándolo limpio del olor de los huincas. Cuando surge en la otra ribera se transforma en Lautaro el joven de 19 años, mientras que atrás quedó para siempre el Felipe que fuera capturado cuando era niño. Se presenta ante los suyos y éstos inmediatamente se dan cuenta que será el líder que los conducirá a la victoria.



             Busto de Lautaro en Cañete, Chile

Lautaro demuestra sus naturales dotes de conductor innato, le enseña a su gente no solo a perder el miedo a las cabalgaduras, sino a montarlas y a utilizar el caballo como un ser entero, tomándolo como una extensión corpórea para combatir. Convoca reuniones a campo abierto y les explica las artes marciales diseñando tácticas como el abandono del ataque masivo para reemplazarlo por pelotones que actúan separados y en forma de oleadas sucesivas. Nada escapa a su nueva doctrina de la guerra, consistente en emboscadas de guerrillas, el empleo de boleadoras para inutilizar los caballos y nuevas armas que sean más eficaces contra las armaduras de los españoles. De ahora en adelante, el terreno para los combates lo eligirá él y con ese fin, monta un sistema de espionaje para conocer en forma permanente la ubicación del enemigo.
De esta manera, teniendo la autoridad de su pueblo es elegido toqui, jefe máximo en estado de guerra para dirigir una serie de sublevaciones contra los españoles, quienes hasta el momento se paseaban victoriosos en todo el ámbito del Biobío.

Continuamente arenga a sus guerreros con discursos elocuentes: “Nuestra ventaja es el número y el conocimiento del bosque. Los huinca no son invencibles, duermen más que nosotros, comen y beben demasiado y necesitan esclavos que les trasporten sus pertrechos porque los agobia el peso de sus armaduras. Se comportan como demonios, en el norte quemaron vivas a tribus enteras. Pretenden que aceptemos a su dios clavado en una cruz, dios de la muerte, que nos sometamos a su rey, que no es de estas tierras y que no lo conocemos. Vamos a molestarlos sin tregua, seremos como avispas y tábanos. Yo les digo hermanos que nunca seremos sus prisioneros. Moriremos peleando.”

     Pedro de Valdivia es atrapado en una emboscada 

A mediados de diciembre de 1553 Valdivia se dirige hacia el sur a controlar el fuerte Tucapel. Sus movimientos son observados por los espías mapuches que siguen la columna desde las alturas de los cerros. Valdivia se extraña de no recibir noticias del fuerte y de no ser hostigado en el camino.

El día 24 de diciembre, decide tomar rumbo a Tucapel, esperando encontrar allí a Gómez de Almagro. La tranquilidad y los espóradicos avistamientos de indígenas a lo lejos le despiertan sospechas y envía una avanzada a cargo de Luis de Bobadilla con cinco hombres para que exploren el camino y den información de la presencia del enemigo. Nunca más los vuelve a ver.
El día de Navidad inicia temprano la marcha y al llegar a las inmediaciones le extraña el silencio absoluto reinante. Al arribar a la loma donde está el fuerte de Tucapel, solo encuentra restos humeantes. Súbitamente del bosque surgen los mapuches lanzando sus alaridos de guerra. Con mucho valor y resolución los españoles logran descomponer la carga mapuche y los indios después de varias horas de lucha encarnizada desaparecen en la selva. Por un instante Valdivia cree que la victoria estaba de su lado, pero recibe la desagradable sorpresa de nuevos escuadrones de indígenas que se presentan al combate y nuevamente los agotados soldados tienen que rearmar líneas y cargar con la caballería. Valdivia, al ver perdida la batalla, dispone la retirada pero el propio Lautaro le cae por el flanco produciendo el desbande. Es justo lo que Valdivia no desea y los indios surgen como oleadas sobre los españoles aislados. Sólo Valdivia y el clérigo Pozo, que montan muy buenos caballos, logran tomar camino de huida. Pero al cruzar unas ciénagas, se empantanan los animales y son capturados.

Sobre la muerte de Valdivia hay distintas versiones, desde que lo mataron de un mazazo hasta la que relata que fue llevado al campo mapuche donde le dieron muerte después de tres días de atroces torturas. Esta segunda versión es probablemente la más ajustada a la realidad. El odio mutuo que había entre ambas partes es infinito y los prisioneros son sometidos a todo tipo de suplicio ya fuesen indios en manos de los españoles o éstos cuando son atrapados vivos por los mapuches.

Durante los cuatro años siguientes Lautaro y sus huestes atacan a los conquistadores en numerosas oportunidades, venciéndolos en la mayoría de las ocasiones. Se dice que fue entonces que dijo su famosa frase: “Yo soy Lautaro, que acabé con los españoles; yo soy el que los derroté en Tucapel y en la cuesta. Yo maté a Valdivia, y puse en huida a Villagrán. Yo les maté sus soldados; yo abrasé la ciudad de Concepción”.

La serie sucesiva de triunfos hizo que Lautaro descuide su seguridad y el 30 de abril de 1557 su campamento es atacado por sorpresa pereciendo en el combate. Fue sucedido por Caupolicán, valiente e intrépido, pero sin la capacidad estratégica de Lautaro. En uno de los encuentros con los españoles fue hecho prisionero y ajusticiado mediante empalamiento. 

El Legado de Lautaro
La Logia Lautaro creada en el siglo XIX en Londres por Francisco de Miranda, lleva su nombre por el ejemplo de resistencia ante los españoles. Es considerado como un gran estratega en la guerra de guerrillas al saber aplicar los conocimientos que adquirió en la lucha contra Valdivia. Se especula que si los imperios Inca y Azteca hubieran tenido conductores militares como Lautaro, la conquista española se hubiera demorado un par de siglos más.
Así comienza el poema que le dedicó Pablo Neruda en su Canto General:
Lautaro era una flecha delgada.
Elástico y azul fue nuestro padre.
Fue su primera edad sólo silencio.
Su adolescencia fue dominio.
Su juventud fue un viento dirigido.
Se preparó como una larga lanza.
También lo elogió Alonso de Ercilla en su obra La Araucana
Fue Lautaro industrioso, sabio, presto,
de gran consejo, término y cordura,
manso de condición y hermoso gesto,
ni grande ni pequeño de estatura;
el ánimo en las cosas grandes puesto,
de fuerte trabazón y compostura;
duros los miembros, recios y nervosos,
anchas espaldas, pechos espaciosos.

Caupolicán
Es algo formidable que vio la vieja raza:
robusto tronco de árbol al hombro de un campeón
salvaje y aguerrido, cuya fornida maza
blandiera el brazo de Hércules, o el brazo de Sansón.
Por casco sus cabellos, su pecho por coraza,
pudiera tal guerrero, de Arauco en la región,
lancero de los bosques, Nemrod que todo caza,
desjarretar un toro, o estrangular un león.
Anduvo, anduvo, anduvo. Le vio la luz del día,
le vio la tarde pálida, le vio la noche fría,
y siempre el tronco de árbol a cuestas del titán.
«¡El Toqui, el Toqui!» clama la conmovida casta.
Anduvo, anduvo, anduvo. La aurora dijo: «Basta»,
e irgióse la alta frente del gran Caupolicán.
Ruben Darío. Libro Azul

Isabel Allende. Inés del alma mía. Editorial Sudamericana, Buenos Aires 2006.




4 comentarios:

  1. Como siempre, Genial Ricardo

    ResponderEliminar
  2. Muy interesante historia, que no se enseña en los colegios, creo, no sé en Chile. Lautaro un grande.

    ResponderEliminar
  3. Lautaro murió a los 23 años.
    A esa edad otros todavía les están pidiendo plata a los padres.
    Muy ilustrativa nota.

    ResponderEliminar
  4. Buenísima reseña Ricardo, y bella. Gracias.
    Pensé en la guerra. Esa tiene nobleza y a pasar de tánta muerte se vé la vida.
    Hoy, y con el agregado de la hiper sofisticada y el negocio de la tecnología armamentística, es imposible, que aunque sea por un instante a la guerra la ganen los pobres y los indefensos.
    Cariños Edith.

    ResponderEliminar