viernes, 15 de junio de 2018

UN EPISODIO DE LA FIEBRE AMARILLA EN BUENOS AIRES


La epidemia
En 1870, después de seis años finalizó la trágica y desastrosa guerra de la Triple Alianza donde Paraguay, el país vencido, quedó devastado. Por su parte, la economía argentina quedó maltrecha durante décadas y se calcula que alrededor de 25.000 argentinos perdieron la vida en los campos de batalla. Sin embargo, faltaba el latigazo final de este luctuoso acontecimiento de la historia.

El verano de 1871 fue pesado, caluroso y húmedo, ideal para el crecimiento del mosquito Aedes aegypti, el agente transmisor de la fiebre amarilla, enfermedad que vino junto con los soldados que regresaban de la guerra.

Hay una fecha precisa del inicio de la epidemia cuando el 27 de enero fallecieron tres personas, el diagnóstico fue gastroenteritis e inflamación de los pulmones, pero los días siguientes se produjo una escalada de casos con alto grado de mortalidad.

Fue entonces cuando el doctor Eduardo Wilde declaró que se trataba de una epidemia de fiebre amarilla y con este diagnóstico logró sacudir la apatía de las autoridades de Buenos Aires. Se suspendió el carnaval y como los hospitales estaban sobrepasados se habilitaron edificios que cumplieron esa función. También se creó una Comisión Popular de Salud Pública constituida por médicos, enfermeros, farmacéuticos y personal de apoyo logístico.

Pronto el número de muertos superó los 300 diarios y obligó a la inauguración de un nuevo cementerio: el de la Chacarita. La población entró en pánico y se produjo un éxodo masivo de los habitantes. Cuando estas catástrofes ocurren suceden gestos de heroísmo y de nobleza, pero son más numerosos los episodios que ponen al descubierto los bajos instintos humanos. Como la mayoría de los casos ocurrieron en el barrio de San Telmo, donde los inmigrantes estaban hacinados en conventillos, se difundió la xenofobia contra los italianos, que eran la mayoría. Abundaron los robos en las casas donde sucumbió toda la familia, pero lo peor fue el éxodo de quienes debían haber afrontado la epidemia. Dos tercios de los médicos de Buenos Aires y el presidente Sarmiento con su gabinete abandonaron la ciudad junto con senadores y jueces y se dirigieron a Mercedes.

El 9 de abril el número de muertos alcanzó el pico máximo y las víctimas eran amontonadas en carros y arrojadas a las fosas. Se estima que un 2% estaban vivos cuando los enterraron, o reaccionaron y se salvaron cuando los despertó el baldazo de cal.

A partir de la tercera semana de abril comenzó a descender la mortalidad en forma exponencial. ¡Alabado sea el Señor que finalmente ha escuchado nuestros ruegos!, clamaron las voces de los creyentes. La realidad es que junto con el descenso de la temperatura cesó la actividad del mosquito, pero por entonces se desconocía su relación con la enfermedad. Faltaban 10 años para que el médico cubano Carlos Finlay descubriera el ciclo de transmisión de la fiebre amarilla.

El cuadro
El pintor uruguayo Juan Manuel Blanes registró la epidemia en un óleo impactante por su sensibilidad y que con solo verlo llega hasta las profundidades del alma de quien lo observa.

Dos médicos que ingresan a la humilde habitación de un conventillo se detienen en la puerta agobiados ante el espectáculo que se les ofrece. Uno es el Dr. Cosme Argerich quien se quita el sombrero en señal de dolor y respeto. El otro es el Dr. Roque Pérez. Ambos tienen la mirada fija en el piso donde se encuentra tirada una mujer joven y a su lado un bebé llorando busca uno de sus senos para saciar su hambre. Un adolescente descalzo y de ojos brillantes de lágrimas observa a los médicos con mezcla de ansiedad y angustia. Detrás en un lecho se encuentra el cuerpo semidesnudo del padre. Lo primero que piensa el observador es cómo sobrevivirá el muchacho y su pequeño hermano, ambos huérfanos en aquella caótica Buenos Aires.

Juan Manuel Blanes (1830-1901). Un episodio de la fiebre amarilla en Buenos Aires. Museo Nacional de Artes Visuales, Montevideo, Uruguay.

Blanes homenajea a estos dos médicos Argerich y Roque Pérez, que trabajaron hasta caer agotados y víctimas ellos mismos de la fiebre amarilla. 

Gracias al parte policial del Comisario Lisandro Suárez, se sabe que la mujer que yace en el piso era italiana, se llamaba Ana Brisitiani y vivió en un conventillo de la calle Balcarce hasta encontrar su trágico fin el 17 de marzo de 1871. 

Fue por esos días que Blanes realizó la pintura y por el realismo que tiene, o el pintor fue testigo del hecho, o se lo relataron en todos sus detalles. La imaginación vuela y nos retrotrae al momento en que esa familia llegó al puerto de Buenos Aires soñando con una tierra prometida truncada por la fatalidad del destino.

El artista

                                       Juan Manuel Blanes (1830-1901)

Juan Manuel Blanes nació en Uruguay y tuvo una infancia dura hasta que a la edad de 24 años logró afianzarse como pintor retratista, instalando su taller en Montevideo. Por entonces conoció a la que sería su primera esposa María Linari casada con un tal Copello y de ese matrimonio había nacido una hija. 

María y Blanes se enamoraron y al poco tiempo huyeron a la ciudad de Salto escapando de la ira de Copello. De allí la pareja se trasladó a Concepción del Uruguay, donde comenzó una etapa importante del pintor cuando consiguió el mecenazgo del general Justo José de Urquiza, caudillo, gobernador de la provincia de Entre Ríos y presidente durante 6 años de la Confederación Argentina. Fue además, un hábil comerciante que le permitió llegar a ser uno de los personajes más ricos del país.

En su palacio de San José y bajo las indicaciones de Urquiza, Blanes pintó escenas de las hazañas y combates del general caudillo. Sin embargo, era consciente de que había llegado a un tope de su técnica y que el ambiente local no podía ofrecerle mayor expansión a su talento.

Mediante una beca otorgada por el gobierno uruguayo, Blanes realizó estudios en París, Roma y Florencia adquiriendo una depurada técnica académica que orientó hacia el naturalismo. Durante los varios años en que permaneció en Europa, pintó numerosas obras y varias de ellas las envió adelantadas por barco a Montevideo. El tiempo pasaba y no recibía noticias de la recepción de sus cuadros, hasta que finalmente le llegó una carta que lo dejó helado. Su esposa María tuvo que ayudarlo a sentarse para no caer al suelo. La nave había naufragado y meses de trabajo artístico se habían ido al fondo del mar.

Fue a su regreso que además de consagrarse como retratista en Montevideo, pintó Episodio de la fiebre amarilla en Buenos Aires, que fue expuesto el 8 de diciembre de 1871 en el foyer del Teatro Colón, ante un público que lo contempló con admiración y tristeza porque aún no se habían cerrado las llagas que la epidemia había dejado en la sociedad.

La intrusa
Blanes ya era famoso en ambas orillas del Río de la Plata y a su atelier acudían personajes de la alta sociedad y de la política para ser retratados. Su futuro económico estaba asegurado y a su alrededor la vida seguía un curso pacífico casi monótono, pero un día ingresó al atelier una dama porteña que llegó de Buenos Aires para hacerse retratar por el artista. A semejanza del espejo que recibe una pedrada, estalló en añicos la armonía del grupo familiar.

Se presentó como Carlota Ferreira, viuda de Regúnaga. Era una hembra soberbia, alta y algo excedida en peso que aportaba mayor atractivo a sus nalgas y senos. De mirada penetrante y labios carnosos posó durante varias semanas y Blanes sucumbió a sus encantos, la pintó elegantemente vestida y también completamente desnuda como las dos majas de Goya. A este cuadro lo tituló “Mundo, demonio y carne”.


                  Mundo, demonio y carne. Museo Blanes, Montevideo.

Nicanor, el hijo pintor de Blanes no escapó al hechizo de Carlota y perdidamente enamorado, se la quitó al padre y escapó con ella a Buenos Aires, Carlota tenía 45 años y él 26. La diferencia de edad, la vida disipada y mundana de Carlota, en contraste con el espíritu organizado de Nicanor, pronto pusieron fin al incipiente matrimonio. Nicanor regresó a Montevideo y logró una reconciliación parcial con su padre.

 Por entonces María, la esposa de Blanes, había fallecido de diabetes y para reconstruir el lazo familiar y por razones profesionales, padre e hijo volvieron a Europa y después de un tiempo Blanes regresó solo a Montevideo. Nicanor se quedó, recorrió países y llegó hasta Medio Oriente. Los historiadores perdieron su rastro, así como su padre que nuevamente en Europa trató de encontrarlo. Juan Manuel Blanes falleció el 15 de abril de 1901 en Pisa, Italia durante la búsqueda infructuosa de Nicanor.

Guillermo Pérez Rossel. Sobre la sensibilidad y la fiebre amarilla. El País. Viajes. http://viajes.elpais.com.uy/2015/04/04/sobre-la-sensibilidad-y-la-fiebre-amarilla/
Un episodio de la fiebre amarilla en Buenos Aires. Museo Nacional de Artes Visuales. http://mnav.gub.uy/cms.php?o=77. Bajado el 04/05/2018.
Datos biográficos. Museo de Bellas Artes Juan Manuel Blanes. http://blanes.montevideo.gub.uy/coleccion/juan-manuel-blanes/datos-biograficos Bajado el 06/05/2018.
María Esther de Miguel. El general, el pintor y la dama. Planeta, 1996. Buenos Aires.

Felipe Pigna. Cuando la fiebre amarilla azotó Buenos Aires. Clarín 14/01/2018.

miércoles, 6 de junio de 2018

LA MAJA DESNUDA

Es curioso que una de las pinturas más famosas, conocidas, vistas por el público y analizadas por expertos y académicos, presente algunas lagunas muy importantes en su historia. Ignoramos cómo surgió la idea y quién es la doncella que posó desnuda para aumentar aún más la fama artística que Francisco de Goya y Lucientes ya ya tenía asegurada en todos los estratos sociales, especialmente entre la nobleza y la familia real.

Goya. Manuel Godoy. Real Academia de San Fernando, Madrid

Estudios más recientes esgrimen la siguiente hipótesis sobre la dama en cuestión. Se supone que La Maja Desnuda fue realizada a solicitud de Manuel Godoy, por entonces el hombre más poderoso de España. Solo el rey, Carlos IV, estaba por encima de él, o no tanto, ya que siempre se comentó que el tal Godoy era también el amante de María Luisa, la esposa del monarca, hombre de carácter débil y voluntad mínima. Seguramente esta dama debió ser muy fogosa en el lecho para atraer a Godoy, ya que si nos atenemos a la despiadada descripción que hace Goya en su famoso cuadro de La Familia de Carlos IV, la reina exhibe un rostro vulgar y carente de belleza. Sin embargo, las apariencias engañan ya que detrás de esa imagen María Luisa poseía ambición de poder, era intrigante y ejercía enorme influencia sobre su cornudo esposo. Ella contribuyó en gran medida al meteórico ascenso de Godoy al poder.


Goya . La Familia de Carlos IV. En un primer plano el rey cargado de medallas y a su derecha la reina María Luisa. El segundo de la izquierda es Fernando que ascenderá al trono como Fernando VII. El resto son hijos y hermanos de los reyes.

En la vida de Godoy, además de su esposa María Teresa de Borbón y de la reina, existía otra mujer y sin duda la más deseada por su belleza. Estamos hablando de Josefa Francisca de Paula de Tudó, o simplemente Josefa o Pepita como la llamaba el pueblo. De familia de buena posición, cuando murió el padre, Pepita y sus hermanas quedaron bajo la protección del superministro quien pronto sucumbió a la seducción y encantos de Pepita. Solía llevarla a las reuniones oficiales y resultaba impactante y desconcertante ver en los banquetes sentada a la derecha de Godoy a María Teresa de Borbón cabizbaja y resignada y a su izquierda, la amante, la bella Pepita, alegre, despreocupada y segura de sí misma.

                           Josefa Francisca de Paula Tudó (Pepita)

Aparentemente, y esto no está confirmado, alrededor de 1799 Godoy convocó a Goya y le solicitó que hiciera un retrato de su amante. Aquí se desmoronaría uno de los mitos referentes a esta obra, no fue la duquesa de Alba la que posó y esto se evidencia también porque su rostro, pintado por Goya en posteriores ocasiones, no se parece al de La Maja Desnuda, pero sí al de Pepita. Es probable que el mismo Godoy fue quien sugirió que Pepita posara desnuda y decimos esto porque no estaba entre las costumbres de Goya pintar desnudos. En realidad era una rareza entre los artistas españoles y el único antecedente era la Venus del Espejo de Velázquez, que justamente se encontraba en poder de Godoy en un salón especial.

Que no hubiera desnudos en el arte español se lo debemos a la Inquisición, temible organismo que cercenaba las libertades y del que no escapaban ni el arte ni la literatura. Si Goya se animó a pintar a Pepita exponiendo sus atributos y desafiando a la Inquisición fue porque, en aquel entonces, Godoy era todopoderoso y no se le podía negar un pedido que era prácticamente una orden.

Ahora bien, en la historia de la pintura antes de Goya abundaban los desnudos, pero en su mayoría eran figuras de la mitología que prácticamente carecían de erotismo. No así La Maja Desnuda, que nos revela una mujer en cueros y salvo el detalle de que sus senos están un poco separados, nos ofrece un cuerpo perfecto desprovisto de todo misticismo. El rostro muestra una mirada seductora y los labios se arquean en una leve y provocativa sonrisa. Los brazos detrás de la nuca refuerzan la sensación de querer ser poseída.


              Goya . La Maja Desnuda. Museo Del Prado

Todo un desafío para la época y para colmo en España. Un dato interesante consiste en que por primera vez en la historia de los desnudos, el artista se detuvo para mostrar el vello púbico de la modelo, detalle que fue muy mal visto por la Inquisición, como si las mujeres debieran ser totalmente lampiñas.
La Maja Desnuda junto con la versión vestida, exactamente igual, pero con ropa, se incorporó a la sala de Godoy haciendo compañía a la Venus ante el espejo de Velázquez.

Goya gozó de un período de paz, sin ser molestado por la Inquisición, porque los aires de la Revolución Francesa que ingresaron violentamente en España con la invasión napoleónica, borraron temporalmente a esta odiosa institución y liberaron de sus mazmorras a los harapientos y torturados prisioneros que después de años alcanzaron a ver la luz del sol.

Cuando el pueblo español se levantó contra los franceses, también se encarnizó con Godoy, su palacio de Aranjuez fue asaltado y sometido a pillaje y las obras de arte, entre ellas las dos majas, terminaron recalando en el Depósito General de Secuestros de la calle Alcalá en Madrid. Los acontecimientos sobrepasaron la paciencia de María Teresa, quien cansada de su humillante posición abandonó a Godoy, mientras éste, liberado de su esposa, marchó al extranjero con Pepita.

Un año después y con la derrota de Napoleón regresó Fernando VII del exilio, quizás el peor rey que tuvo España en la historia de su decadente monarquía. En cuanto llegó abolió inmediatamente la Constitución de Cádiz que tenía muchas ideas de la Revolución Francesa y con él regresó la tiranía y de su mano la Inquisición. Ambas majas, junto con la Venus de Velázquez, fueron depositadas en dependencias de este tribunal en noviembre de 1814. 

Goya fue citado a declarar ante el “Santo Oficio” sobre la autoría de los cuadros y el propósito por el cual las había pintado. Lo salvaron sus amistades y el propio Fernando VII que en una ocasión se dejó retratar por el artista. De esta manera eludió las oscuras celdas de la Inquisición y logró que para bien del arte y de la posteridad, las majas no fueran quemadas. Los años que siguieron fueron un período de gran productividad de Goya que incluye la serie de pinturas negras, una notable revolución en el arte pictórico.

Las dos majas permanecieron en manos de Torquemada y sus sucesores durante 22 años y de allí pasaron a la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando hasta que en 1901 les llegó la absolución o el rescate y pudieron ingresar triunfantes al Museo del Prado. 

Desde entonces cada día, turistas, amantes del arte y curiosos se apiñan para contemplarlas donde ocupan toda la pared de una sala, pero sin duda la que logra la mayor atracción es La Maja Desnuda que parece decirle al observador “ven, soy toda tuya”.

Jean-Francois Chabrun. Goya. London Thames and Hudson, London 1965.
Francisco de Goya y Lucientes. Museo del Prado 200 años. http://www.historiadeiberiavieja.com/secciones/historia-moderna/quien-era-maja-desnuda, bajado el 02/06/2018.
Ainger Daoiz Velarde. Pepita Tudó. La musa escondida en un lecho olvidado. Recuerdos de la Historia. 09,04,2016.
Edmundo Fayanas Escuer. Carlo IV, el rey cornudo. Nuevatribuna.es, 07/03/2015.

¿Quién era la Maja Desnuda? Historia de Iberia Vieja, 22/12/2016.

lunes, 28 de mayo de 2018

LA TRAGEDIA DEL BARCO FANTASMA

El naufragio

El crucero USS Indianapolis con sus 186 metros de eslora se desliza por las aguas del Océano Pacífico a la altura del Mar de Filipinas. Es el 30 de julio de 1945 y han pasado 14 minutos de la medianoche. El mar está tranquilo y la tripulación que duerme plácidamente se despierta ante una terrible explosión. No pasan más que unos pocos segundos cuando un segundo ruido atronador estremece el barco que comienza a escorar. Doce minutos después los tripulantes que lograron lanzarse al agua a tiempo con sus salvavidas, ven como la nave se va hundiendo de proa hasta que la popa, con las hélices aun girando en el aire, desaparece en un remolino de agua. Trescientos hombres quedan atrapados y se hunden con el buque y otros 900 quedan flotando en el agua. Están solos en el vasto Océano Pacífico, como el Indianapolis participa en una misión ultra secreta y por lo tanto no puede enviar ningún tipo de mensajes, es un barco fantasma y nadie acude al rescate.


                              Crucero Indianápolis


Una misión de dudoso honor

El Indianápolis había participado en varias operaciones de guerra en la campaña naval del Pacífico y colaboró con la Fuerza de Tareas en la recuperación de islas tomadas por los japoneses. El desempeño más importante fue su participación en la toma de la isla de Okinawa, último bastión de la defensa japonesa. Allí fue seriamente dañado por torpedos que lo obligaron a retirarse del conflicto para reparaciones en el puerto naval de San Francisco.

Su última misión era extremadamente secreta, tenía que transportar hacia la isla de Tinian partes de Little Boy, la bomba atómica que sería lanzada sobre Hiroshima. También transportaría uranio enriquecido en una cantidad que equivalía a la mitad de todo este elemento disponible en el planeta.

Solo dos hombres, que formaban parte del Proyecto Manhattan, que subieron a bordo, conocían la misión. El resto de la tripulación incluido Charles McVay, el capitán del barco, ignoraban el contenido de las cajas blindadas que fueron introducidas en la bodega de la nave.

Con total silencio radial, el Indianapolis se desplazó hasta llegar a Tinian el 26 de julio de 1945, una de las islas de la Marianas del Norte. Después de haber sido conquistada a los japoneses, Tinian se había transformado en una base importante con grandes pistas para el despegue de aviones incluyendo los pesados bombarderos Boeing-29, uno de los cuales, el Enola Gay, en menos de dos semanas lanzaría sobre Hiroshmia el arma más destructiva que conociera la humanidad.

Cumplida su misión, y sin que la tripulación desembarcara, el Indianapolis puso proa hacia su nuevo destino en la isla de Guam. A esta altura de las circunstancias se habían cometido dos errores cuya omisión habría salvado a la nave y a su tripulación. A McVay no se le informó que había submarinos en la zona y se le negó el pedido de que lo escoltara otra nave, generalmente un destructor con equipamiento antisubmarino.

 

El festín de los tiburones

Cuando despunta el alba los sobrevivientes tiritando de frío ven que se aproximan varios tiburones. Las aletas dorsales surcando el agua les resultan una imagen aterradora. Siguiendo su patrón de comportamiento, comienzan a girar alrededor de los náufragos quienes se congregan formando grupos, ya que flotar aisladamente significaba una muerte segura.

Pasado el mediodía son cientos los escualos que infestan las aguas. El primer día devoran a los marineros muertos que, para fortuna de los que aún vivían eran numerosos, pero una vez que dan cuenta de los cadáveres se concentran en el resto de los náufragos. Estos han aprendido su táctica: uno de ellos empezaba a dar círculos hasta que parecía alejarse y de pronto se veía la aleta enfilando rápidamente hacia su presa. Los marineros gritan y patalean y el tiburón se aleja, pero otras veces no. Entonces se escucha el grito desgarrador de la víctima que desaparece bajo el agua, mientras un charco de sangre se forma en la superficie.

El sol produce ampollas en la piel y deshidrata a los náufragos y a partir del tercer día la sed devoradora hace que algunos tomen agua de mar. Esto les produce confusión mental y alucinaciones, se alejan del grupo sin rumbo fijo y son presa de los tiburones.

A las 11 de la mañana del cuarto día, el piloto de un bombardero que estaba patrullando el mar en busca de submarinos divisa una mancha de aceite y varios puntos de color naranja que al aproximarse se transforman en hombres con sus salvavidas. Reporta el hallazgo a la base con el siguiente mensaje: “muchos hombres en el agua” y da la posición de los náufragos.

A las pocas horas llega un hidroavión que recoge a 56 hombres y a la medianoche se aproxima el crucero USS Doyle que estaba en ruta. De los 900 hombres que cayeron al agua tan solo 316 son rescatados, el resto se ahogó o fueron devorados por los tiburones.


        Marineros rescatados se recuperan sobre la cubierta del crucero que los socorrió

McVay, el capitán del Indianapolis se encontraba entre los sobrevivientes. Si se hubiera hundido con el barco, según dictan las reglas del heroico romanticismo naval, hubiera pasado a la historia como un héroe, pero en este caso resultó ser el chivo expiatorio, de las negligencias de otros. Se lo sometió a una corte marcial donde se lo acusó de que tenía que haber navegado en zigzag, cuando estaba comprobado que esa maniobra es prácticamente inútil. Así lo afirmó en su testimonio el capitán del submarino japonés que tuvo que declarar en el juicio señalando que la maniobra en zigzag no habría evitado el hundimiento.


                                      Capitán Charles Mc Vay

Las autoridades navales que le negaron la compañía de un crucero escolta no sufrieron sentencia alguna, pero Mc Vay fue dado de baja temporariamente hasta que el almirante Nimitz lo restituyó en sus funciones. Se retiró sin lograr ascensos. Recibió llamadas anónimas y cartas que lo acusaban de cobarde e incompetente hasta que su figura fue revindicada por el presidente Clinton, pero él no se enteró, se había suicidado en 1968.

La mayoría de los demás sobrevivientes, jamás se recuperaron psíquicamente de aquellos cuatro días de pesadilla en el mar rodeados de tiburones. Paradojas del destino, la tripulación del Indiannapolis pagó carísima la misión que debía cumplir y que ignoraba totalmente. En cambio la tripulación del Enola Gay que arrojó la bomba atómica sobre Hiroshima, más como un desafío hacia sus aliados soviéticos que para acabar con Japón, además de conocer su misión fueron condecorados como verdaderos héroes.


                           El Enola Gay y su tripuloación

 

Alex Last. USS Indianapolis sinking: 'You could see sharks circling'. BBC NEWS, 29,07,2013.

La tragedia del Indianápolis. Extracto de un artículo publicado por el New York Times. 2GM, 17,06,2008. http://www.lasegundaguerra.com/viewtopic.php?f=81&t=1188


 

viernes, 18 de mayo de 2018

UNA CURIOSA GALERÍA DE ARTE


Entre los atractivos y fascinantes lugares que ofrece la ciudad de Londres, se encuentra algo escondido y poco frecuentado por el turista, la National Portrait Gallery, una curiosidad única dentro de las exhibiciones artísticas de Europa, y quizás del mundo.

La colección que posee casi 200.000 cuadros, hace que un día, ni siquiera una semana, sea suficiente para indagarlos con detalle. Está casi exclusivamente dedicada a retratos, y en menor número a fotografías, caricaturas y esculturas de personas que trascendieron en la historia de Inglaterra. 

Obviamente no faltan los autorretratos de William Hogarth, Joshua Reynolds y Thomas Gainsborough, por citar solo los más conocidos. Rembrandt con sus numerosos autorretratos no logró figurar, sencillamente porque no es inglés.

                                    La National Portrait Gallery

Ocupando gran parte de la exhibición se encuentra la larga lista de monarcas, empezando por Enrique VIII, sus esposas tanto las enteras como las descabezadas y la mayor parte de la nobleza. Pero también hay escritores, inventores, científicos, destacados militares, políticos y no faltan quienes alcanzaron el más alto cargo del Almirantazgo, porque al fin y al cabo durante varios siglos Inglaterra fue la Reina de los mares.


             Una sala correspondiente a personajes de los siglos XV y XVI

El nacimiento de esta galería no fue fácil, pero contó con un individuo entusiasta que insistió con el proyecto hasta hacerlo realidad. Como es de imaginar se trataba de un personaje de la nobleza, el conde Philip Henry Stanhope, quien al ser miembro del Parlamento expuso sus argumentos en la Cámara de los Comunes en 1846. 

Su propuesta no tuvo eco, pero el hombre era empecinado y lo volvió a intentar en 1852 y en 1856 y en esta última ocasión lanzó un encendido discurso diciendo: “el propósito es crear una galería de retratos originales que abarque a la mayor cantidad de las personas con más honores en la historia británica, ya sean guerreros, estadistas, artistas, escritores o científicos”.

Su arenga tuvo éxito y la Reina Victoria no solo dio su consentimiento sino que aportó de su bolsillo 2000 libras. Se inauguró en Westminster en 1859 y la idea era que el personaje retratado debía tener como mínimo diez años de enterrado. Con el correr del tiempo, el recinto ya no podía contener tantos retratos y a medida que se fueron incorporando nuevos personajes, los cuadros sufrieron sucesivos traslados hasta quedar ubicados en su lugar actual, el sitio que por sus características es el más adecuado para esta exhibición: Trafalgar Square, donde el almirante Horacio Nelson la contempla satisfecho desde su estilizado monumento.

                              Almirante Horacio Nelson

En 1969, se relajó el criterio de los 10 años y hasta se aceptaron personajes vivientes que por el aporte realizado al Imperio, o lo que de él queda, merecen figurar entre los grandes. De esta manera, atravesaron la gigantesca puerta de la National Portrait Gallery para unirse al podio de los inmortales, Diana la Princesa de Wales, más conocida como lady Dy, los Beatles, J.K. Rowling, la autora de Harry Potter, los Rolling Stones y los últimos premios Nobel que adquirió la ciencia inglesa. Si vivieran, muchos nobles fruncirían el ceño en desaprobación ante esta avalancha de advenedizos que como un torbellino los está relegando al olvido.

                                        Lady Di

La calidad de los retratos es lo que menos importa en esa galería, y mezclados como la biblia junto al calefón, se encuentran obras de arte de los grandes pintores ingleses que retrataron a nobles que pagaron fortunas para ingresar a la posteridad, junto con cuadros de autores desconocidos. Lo que siempre se privilegia son los méritos y hazañas del retratado antes que la calidad del retratista.

                                       J.K. Rowling

La National Portrait Gallery es tan fascinante como agotadora, por la ausencia de diversidad, ya que la temática es una sola, rostros o personajes de cuerpo entero que se suceden a lo largo de las galerías, pero si uno llegó hasta el hartazgo, le sugiero que vaya a la azotea donde se encuentra uno de los mejores restaurantes de Londres.

La galería plebeya
Hace poco la galería realizó una muestra revolucionaria llamada Below Stairs, que muestra una nueva evidencia de la capacidad creativa de los ingleses. Consta de 400 obras que se refieren exclusivamente a retratos que nada tienen que ver con el boato que rodea a los de la National Portrait Gallery. Se trata del personal de servicio de castillos, palacios y grandes mansiones de Inglaterra.

Algunos se preguntarán la razón de semejante exhibición. La respuesta es muy sencilla, para los ingleses el personal de servicio es una institución tan importante como el té de la cinco de la tarde o beber el mejor whiskey escocés. Esto se percibe en la literatura, en las obras de Jane Austen, Charlotte Bronte y Charles Dickens, en el teatro de Oscar Wilde y todas ellas llevadas reiteradamente al cine. La complejidad del servicio doméstico es de tal magnitud que la mejor forma de entenderlo es viendo la serie Downton Abbey.

Existe un escalafón que se respeta rigurosamente, donde el mayordomo es la máxima autoridad en la escala jerárquica. Su inglés es perfecto y de él depende todo el resto del personal, excepto el ama de llaves que goza de cierta independencia.

En sucesivos escalones descendentes se encuentran los ayudas de cámara de los dueños de la mansión, las doncellas personales de sus esposas e hijos, el cocinero y sus ayudantes, el cuidador de los establos y hasta el halconero y el cuidador de faisanes. Saltar de un escalón a otro no era imposible pero sí muy difícil. Todos vestían frac y debían lucir impecables y tanto el ayuda de cámara como las doncellas personales, no sentían menoscabo alguno en vestir y desvestir a sus amos y hasta sugerirles, la ropa, el collar y los aros que lucieron cada día.

Cuanto más alto es el rango del dueño de casa, más orgullosos se sienten los miembros de la servidumbre de pertenecer a tan poderoso señor y cuando éste regresa de un viaje que le produjo una ausencia prolongada, todo el personal de servicio forma una doble fila, conservando siempre el orden jerárquico, para recibirlo en la entrada de la mansión. La misma ceremonia se repite ante la visita de un personaje distinguido.

Quienes figuran en esta galería no ostentan medallas ni condecoraciones, no hay altanería ni arrogancia en sus miradas y justamente por eso son rostros que miran con espontánea naturalidad al observador. Algunos de ellos trabajaron para grandes personajes como la Reina Victoria y el Almirante Nelson, otros fueron adquiriendo posiciones con gran esfuerzo y habilidad y no pocos lograron establecerse como miembros de la sociedad.

En general, la calidad de las pinturas es mediocre. Las obras están realizadas por aprendices o artistas desconocidos de segunda categoría. Se desconoce el nombre de muchos de ellos o están identificados en las historias de las casas donde barrieron y donde transportaron, subiendo y bajando escaleras, bandejas de plata en sus manos enguantadas de blanco.

Sin embargo es preciso señalar una honrosa excepción. Se trata de William Hogarth quien pintó los rostros de sus seis criados, haciéndolos posar uno por vez y adjudicándoles un lugar en el lienzo. Cada uno con su propia individualidad, su apariencia natural y sus vestimentas cotidianas de trabajo. 

       William Hogarth. Seis estudios de cabezas (los sirvientes del pintor)

Se nota que ha tratado cada rostro con cariño, lo cual es coherente con las fuentes contemporáneas al autor, que señalan que sus criados le tenían una gran devoción. No se relacionan entre ellos, sino que son poco más que cabezas apiñadas en un pequeño espacio. Cada uno mira en una dirección distinta, sin revelar nada sobre sí mismos.

Rodrigo Fresan. Amos y criados. Suplemento RADAR de Página 12, 18/01/2004
National Portrait Gallery, London, Wikipedia. https://en.wikipedia.org/wiki/National_Portrait_Gallery,_London
Below Stairs. National Portrait Gallery. London. http://www.npg.org.uk/business/publications/below-stairs.php



jueves, 10 de mayo de 2018

EGAS MONIZ Y LA LOBOTOMÍA FRONTAL


La película que descalificó un método terapéutico
Quizás uno de los alegatos más impactantes contra la lobotomía frontal, actualmente conocida como psicocirugía, fue la película de Milos Forman Atrapado sin salida (One Flew Over the Cuckoo's Nest), basada en la novela de Ken Kessey.


Jack Nicholson en una escena de la película Atrapado sin salida, de Milos Forman, producida en 1975.

El personaje, Randle McMurphy, genialmente interpretado por Jack Nicholson, es un interno limítrofe con cargos de robos menores. En el instituto penal en que se encuentra deciden que podría beneficiarse en un hospital psiquiátrico. 

McMurphy pronto se rebela contra el régimen opresivo que ejerce la jefa de enfermeras, y esta finalmente lo conduce por la fuerza al quirófano, donde, sin consentimiento alguno, es sometido a una lobotomía. Cuando regresa junto a los demás internados, ya no es el personaje alegre y extrovertido que solía organizar juegos y entretenimientos. El procedimiento quirúrgico lo transformó en un zombi, una piltrafa humana. Uno de sus compañeros considera que no merece vivir en ese estado y lo asfixia con una almohada para después escapar desesperado a través de una ventana.

Egas Moniz: el creador de la lobotomía



                                         Egas Moniz (1874-1955)

En 1949, el psiquiatra y neurocirujano Egas Moniz compartió con Walter Rudolf Hess el Premio Nobel de Medicina. En el caso de Moniz, el galardón le fue otorgado por “el descubrimiento del valor terapéutico de la lobotomía en ciertas psicosis”.

La lobotomía fue una técnica muy controvertida. A través del tiempo se comprobó que los daños que provocaba superaban a los beneficios, con el agravante de que en las primeras décadas en que fue utilizada se abusó de su indicación y en algunos centros fue aplicada en forma indiscriminada.

La historia de la medicina revela que, a través de los siglos, los enfermos mentales fueron quienes más sufrieron todo tipo de agresión terapéutica, sin mencionar el maltrato físico al que eran sometidos.

¿Quién fue Egas Moniz? Antonio Gaetano de Abreu Freire nació en 1874, en una pequeña villa portuguesa; de niño, por sugerencia de su tío, adoptó el nombre de Egas Moniz, una figura histórica del siglo XII, héroe de la resistencia contra los moros y antepasado familiar. Este nombre se impuso sobre el suyo original, que más tarde cayó en el olvido.

Sin duda, se trató de un personaje polifacético, ya que, además de ejercer la medicina, tocaba con habilidad instrumentos musicales, e incursionó en la política, por la cual alcanzó altos cargos gubernamentales.

Su tesis doctoral fue una obra de dos volúmenes, titulada Sobre la vida sexual; seguramente era un tratado ameno e interesante ya que en las décadas siguientes alcanzó 19 ediciones.

Fue en París donde Moniz adquirió sus conocimientos de psiquiatría y neurología, y lo hizo junto a destacados científicos de La Salpetrière, como Fulgence Raymond, Pierre Marie, Jules Dejerine y Félix Babinsky. A su regreso a Portugal, sus antecedentes curriculares le permitieron llegar al cargo de profesor titular de Anatomía y Patología en la Universidad de Coimbra.

Sin embargo, desde 1903 hasta 1919, período en que ocupó el cargo, Moniz volcó su entusiasmo a la política que lo envolvió en momentos de gloria y de amargura debido a la turbulencia que reinaba en Portugal. Conoció brevemente la cárcel, participó en un duelo, del que afortunadamente salió ileso, se rodeó de amigos y de acérrimos enemigos hasta que se convenció de que su futuro estaba en la medicina.

La lobotomía y el Premio Nobel
En una ocasión, Moniz escapó de la muerte cuando un paciente con trastornos mentales le disparó con un arma de fuego. Fue quizás este episodio el que le sugirió la idea de que ciertos trastornos mentales exigían procedimientos más drásticos. La hipótesis que desarrolló para justificar la aplicación de la lobotomía fue que “para curar a estos pacientes, es necesario destruir las conexiones conectivo-celulares y, de ellas, consideramos como las más importantes aquellas relacionadas con los lóbulos frontales”.

El cerebro humano es la máquina más compleja del universo, y recién a fines del siglo XX, gracias a los avances de las técnicas por imágenes, especialmente la resonancia magnética y la tomografía por emisión de positrones, se logró develar gran parte de las conexiones nerviosas y las distintas áreas de las funciones cognitivas. Por lo tanto, destruir zonas del lóbulo frontal para mejorar trastornos psiquiátricos en la década de 1930 era una hipótesis temeraria.

Moniz presentó sus resultados en París, ante una audiencia de expertos. La experiencia fue pronto publicada en el Bulletin de l’Académie de Médecine. Según el autor, se curó el 35% de los pacientes, otro porcentaje similar mejoró y el resto quedó igual. Moniz les quitó trascendencia a los efectos adversos, que fueron numerosos.

Recomendaciones surgidas de los Estados Unidos y de Brasil, más los numerosos trabajos publicados por el propio Moniz, que ya era mundialmente famoso, contribuyeron a que en 1949 se le otorgara el Premio Nobel.

El Premio Nobel, el elogio de sus colegas, sus numerosas publicaciones, las campañas de la prensa y los comentarios favorables de revistas de primera línea, hicieron que la lobotomía se propagara por el mundo en forma desenfrenada.

Después de Moniz, el principal promotor de la lobotomía fue el Dr. Walter Jackson Freeman, originario de Filadelfia, Pensilvania. Además de realizar la técnica, Freeman fue su entusiasta divulgador y recorrió todo Estados Unidos visitando centros de neurocirugía en su vehículo al cual denominó el “lobotomóvil”.



                         El Dr. Walter Jackson Freeman (1895-1972).

Cuando en 1967, Freeman realizó su última lobotomía, llevaba contabilizadas 3.400 operaciones, y su socio Watts hacía tiempo que lo había abandonado, porque consideraba que abusaba de la indicación. Por entonces, Freeman cargaba sobre sus espaldas un número alarmante de muertos y pacientes con secuelas neurológicas y cognitivas. Finalmente, el Estado le retiró la licencia para realizar intervenciones quirúrgicas.

Algunos de los casos más resonantes de lobotomía
Warner Baxter (1889-1951)

                                      Warner Baxter

Warner Baxter fue el actor que protagonizó el famoso personaje Cisco Kid, uno de los más destacados westerns de Hollywood y durante la década de los 30 fue el artista mejor pago en la industria del cine. Ya alejado de las pantallas, Baxter sufrió una artrosis tan intensa que, sabiendo que la lobotomía se aplicaba para estos casos, decidió someterse al procedimiento. Falleció pocos días después por una infección pulmonar.

Alys Robie

                      Alys Robie (1923-2011)

Su nombre verdadero era Alice Robitaille, una exitosa cantante del Canadá francés. A los 25 años, como consecuencia de un accidente automovilístico, sufrió un período de internación prolongado en un asilo de Quebec, donde la sometieron a una lobotomía. Si bien se recuperó satisfactoriamente de la operación, al ingresar a los escenarios sus esfuerzos chocaban con el tabú de su enfermedad mental. Nunca recuperó la popularidad. El aspecto destacable de este caso fue que la lobotomía fue realizada sin su consentimiento, lo que demuestra la escasa ética con que se efectuaba esta práctica.


Rose Isabel Williams (1909-1996) 

Rose Isabel Williams era la hermana del famoso escritor Tennesse Williams. Al término de su adolescencia sufrió un cuadro grave de esquizofrenia que no respondió con la terapia electroconvulsiva. Por decisión de su madre y sin haber sido consultada, se le efectuó lobotomía bilateral, que deterioró profundamente su personalidad. Tennesse Williams vivió muchos años con la culpa de no haber impedido a su madre la decisión de operar a la hermana. Este sentimiento lo volcó en sus obras teatrales El zoológico de cristal y El último verano.

Rosemary Kennedy (1918-2005)

                                        Rosemary Kennedy

Rosemary Kennedy, la hermana del presidente de los Estados Unidos, tenía un ligero retardo mental, pero sus funciones cognitivas le permitían desempeñarse con relativa normalidad, llevaba una vida social activa y mantenía un diario de su vida.

Su padre estaba convencido de que esta operación aumentaría el coeficiente intelectual de Rosemary al nivel de sus hermanos. Contra la decisión de su esposa y sin informarle a su hija, el autoritario padre impuso sus deseos y consultó con el Dr. Freeman, quien rápidamente la sometió a la lobotomía.

El resultado fue desastroso, ya que Rosemary fue reducida en forma definitiva a la edad mental de tres años.

Helen Mortensen (1915-1967). En 1967, el Dr. Freeman recibió la visita de Helen Mortensen, una paciente a quien durante el lapso de veinte años le había realizado dos lobotomías. Ahora iba por la tercera, y el Dr. Freeman aceptó complacerla. No solo sería la última lobotomía para Mortensen, sino también para el propio Freeman. Durante el procedimiento, la aguja lesionó una arteria cerebral, y la paciente falleció tres días después. Las autoridades del hospital revocaron a Freeman sus privilegios quirúrgicos, y este se recluyó a una prudente y modesta actividad privada hasta el fin de sus días.

Epílogo
El trabajo de Egas Moniz le dio a la medicina portuguesa fama y aceptación internacional. Mereció más el Premio Nobel por sus trabajos sobre angiografía de las arterias cerebrales que por el procedimiento quirúrgico hoy llamado psicocirugía. En cuanto a este, a raíz de las críticas que llegaron a su punto máximo en 1970, ha caído prácticamente en desuso, desplazado por la batería de antipsicóticos que surgieron en las últimas décadas.

Bibliografía
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Rosenfeld JV, Lloyd JH. Contemporary psychosurgery. J Clin Neurosci 1999; 6:106-112.