sábado, 14 de julio de 2018

LA GESTA DE ESPARTACO

La rebelión de los esclavos fue un acontecimiento que sacudió los cimientos del Imperio Romano en el año 73 antes de Cristo (a. C.). Fue una epopeya que se destaca a lo largo de toda la historia porque los esclavos se enfrentaron con el ejército más poderoso, disciplinado y mortífero de aquellos tiempos. Los registros históricos provienen de las narraciones de Plutarco, Floro, Salustio y Apiano.

Espartaco nació en Tracia, territorio que actualmente corresponde a Bulgaria. Los tracios eran un pueblo indoeuropeo milenario conocido por su larga tradición militar, motivo por el cual Roma solía reclutar tracios para incorporarlos a sus legiones como mercenarios y Espartaco fue uno de ellos. Su espíritu de hombre libre lo llevó a desertar con la intención de regresar a su hogar. Fue atrapado y condenado a trabajar como esclavo en las minas de yeso de Nubia.

De allí nadie salía vivo, el exceso de trabajo, los castigos físicos, la escasa comida y peor aún la insuficiente cantidad de agua que recibían, los mantenía deshidratados y la mayoría moría por destrucción de los riñones. El desprecio que tenían los encargados de las minas por la vida de los esclavos, sugiere que la oferta de estos era abundante y bajo el valor de compra.

El destino de Espartaco cambió súbitamente cuando un obeso individuo, elegantemente vestido y rodeado de un pequeño séquito de esclavos, realizó una visita a las minas. Se trataba de Léntulo Batiato, un “lenisti” o entrenador de gladiadores y por lo tanto era dueño de un “ludus” que así se llamaban las escuelas de gladiadores. A medida que los circos romanos se fueron expandiendo, se profesionalizaron las luchas de gladiadores, la atracción favorita de la época, y así surgieron los ludus, donde los esclavos eran sometidos a una rígida disciplina de entrenamiento. La compra de esclavos a bajo precio y la venta a otros circos de gladiadores formados, generaba una diferencia muy redituable y como la escuela de Batiato gozaba de buena reputación, había logrado amasar una fortuna respetable.

El ojo experto de Batiato detectó, y no se equivocaba, que Espartaco reunía las condiciones para transformarse en un excelente gladiador y se lo llevó a Capua en las afueras de Roma donde tenía su escuela. Las condiciones de vida mejoraron considerablemente para Espartaco, era bien alimentado y la dura disciplina de entrenamiento resultaba un bálsamo comparado con el trabajo agotador de las minas. Pero él no estaba dispuesto a divertir al pueblo romano arriesgando su vida en la arena y se sublevó en compañía de otros 74 gladiadores.


Espartaco, por Denis Foyatier, Museo del Louvre

Vencer a la pequeña guarnición y a los entrenadores fue tarea fácil y el grupo huyó hacia el monte Vesubio. Estaba constituido por tracios, celtas y germanos y durante el trayecto se les unieron numerosos campesinos y esclavos provenientes de las residencias y palacios que asolaban. Fueron despiadados con sus ocupantes y se apoderaron de su ganado y riquezas que Espartaco, que ya era el jefe indiscutido, repartía equitativamente entre sus hombres.

Compungido porque su negocio estaba en la ruina Batiato acudió a Roma en busca de ayuda. El Senado envió 3 cohortes urbanas bajo el mando de Cayo Claudio Glabro. Las cohortes urbanas, cada una compuesta por 1500 hombres, tenían como función el cuidado de Roma y sus alrededores. Los hombres que la componían estaban lejos de poseer la disciplina y la capacidad de combate de las legiones. Esta decisión del Senado se debió a dos razones, por un lado menospreció al enemigo, al fin y al cabo eran solo esclavos, pero además, las legiones en ese momento estaban en los confines del imperio sofocando revueltas en Hispania y Asia Menor.

Cayo Claudio Glabro también subestimó a aquellos rebeldes que estaban refugiados en las laderas del Vesubio. Cuando llegó al pie del monte estableció el campamente en el único sitio accesible, las demás laderas eran escarpadas e imposibles para trepar o descender. Violando las reglas vigentes de doctrina militar solo puso guardias de vigilancia en el frente, pensando que por allí podría venir el ataque. Espartaco mostró que tenía mucho mejores nociones de táctica que su rival. Sus hombres fabricaron lianas de los árboles de olivos y descendieron durante la noche por la zona escarpada, atacando al campamento por la retaguardia y creando gran confusión sobra la tropa que dormía.

Entre ambos bandos había profundas diferencias respecto del espíritu de lucha, los soldados peleaban en cumplimiento de una orden de sus superiores, los esclavos lo hacían por la propia supervivencia y la esperanza de llegar a ser libres.
Pocos días después, Cayo Claudio Glabro y unos pocos soldados se presentaron ante el Senado, eran los únicos sobrevivientes de la feroz derrota y tuvieron que soportar las recriminaciones e insultos de los senadores por su impericia y su imprudencia. 

Esta vez, patricios y magistrados tomaron conciencia de la gravedad de la situación, los esclavos se habían convertido en un ejército dirigidos por un comandante astuto e inteligente, estaban mejor armados gracias a las armas sustraídas a las cohortes derrotadas y eran muy numerosos, ya que superaban los setenta mil hombres y contaban con una modesta caballería.

Espartaco decidió abandonar el Vesubio y dirigirse hacia el norte con el objeto de cruzar los Alpes e ingresar en territorios que no estaban bajo el control del Imperio Romano. Mientras tanto, los cónsules Léntulo y Gelio al mando de veinte mil soldados salieron en forma separada a enfrentarse con los esclavos. 

A esta altura de los acontecimientos Caxio, uno de los hombres de Espartaco decidió quedarse en Italia y se separó junto con cuatro mil esclavos. Fue la primera escisión dentro de las fuerzas rebeldes y Caxio y sus hombres pagaron caro su capricho al ser sorprendidos por las fuerzas de Gelio que los aniquiló totalmente.

Por su parte Espartaco se enfrentó con los dos cónsules y los venció en batallas separadas. Como homenaje póstumo a su camarada sacrificó a trescientos prisioneros, obligándolos a combatir entre ellos como si fueran gladiadores en lucha a muerte. Continuó su marcha hacia el norte, para atravesar los Alpes y junto a Módena se enfrentó con otro ejército romano, acaudillado por Cayo Casio, el pretor de la Galia Cisalpina, al que también derrotó.

A esta altura de los acontecimientos cometió su primer error, abandonó la idea de cruzar los Alpes y realizando un giro enigmático retornó rumbo al sur. La hipótesis más aceptada por los historiadores es que Espartaco fue presionado por sus hombres quienes convencidos de que eran invencibles estaban en condiciones de sitiar y conquistar Roma, algo que Aníbal, cien años atrás y con un ejército mucho más poderoso no se atrevió a consumar. 
En Roma, el pueblo aterrorizado veía como el ejército de Espartaco, que ya superaba holgadamente los cien mil efectivos, se aproximaba a la ciudad, Espartaco logró convencer a su gente que conquistarla era una misión arriesgadísima. El contingente siguió rumbo al sur con la idea de cruzar el mar y fortalecerse en Sicilia, para ello había hecho un trato con piratas turcos que proveerían naves para el traslado a la isla. Cuando llegó a la costa comprobó que ningún barco los estaba esperando: los piratas lo habían traicionado.

Quiso regresar, pero se encontró con Marco Licino Craso al mando de un ejército formado por 6 legiones y fuerzas adicionales que totalizaban setenta mil soldados. Craso no solo era el hombre más rico de Roma, también era inescrupuloso, despiadado y tenía vasta experiencia militar por haber participado en batallas anteriores. Envió a uno de sus lugartenientes con dos legiones, que fueron derrotadas por las fuerzas de Espartaco y muchos de los sobrevivientes desertaron. Craso mostró su capacidad de crueldad y para imponer la disciplina aplicó la decimatio, un terrible castigo en el que debía morir a manos de sus compañeros uno de cada 10 hombres de su propio ejército.

Espartaco y sus hombres estaban acorralados y obligados a dar batalla. En un gesto de grandeza, cargado de dramatismo, sacrificó su caballo diciendo que si triunfaba tendría otros para reemplazarlo y si moría en combate no lo necesitaría. La batalla fue feroz, nadie pedía ni daba cuartel, Espartaco pereció en el combate y su cadáver quedó irreconocible entre los millares de muertos. Craso obtuvo una aplastante victoria. Para escarmiento de cualquier rebelde, ordenó crucificar a los seis mil prisioneros. Todo el recorrido de la Via Apia desde Capua hasta Roma ofreció un espectáculo dantesco con miles de buitres revoloteando a la espera de la muerte lenta de los crucificados.

Varios miles de esclavos lograron huir, pero fueron masacrados por las legiones de Pompeyo que habían sido enviadas por el Senado para consolidar la victoria. Con habilidad política Pompeyo se las arregló para compartir el triunfo junto con Craso.

La guerra de los esclavos fue desastrosa para la economía de Roma, pero el imperio lo resolvió en poco tiempo con nuevos esclavos obtenidos de las exitosas campañas de Julio Cesar en la llamada Guerra de las Galias.

La epopeya de Espartaco no cambió la institución de la esclavitud ni mejoró sus leyes que prevalecieron durante todo el Imperio Romano y perduraron hasta el siglo XIX. El valor de esta gesta radica en el mensaje que dejó a la humanidad, mostrando que el ser humano, cuando lucha por sus derechos, es capaz de enfrentarse al poder de turno por más grande que éste sea. La figura de Espartaco pasó a la posteridad como sinónimo de justicia, rebeldía y libertad.

En aquellos tiempos eran pocos los que fallecían de muerte natural, especialmente si detentaban cargos importantes y comandaban ejércitos. Pompeyo y Marco Lisino Craso no escaparon a esta regla. El primero cayó en una trampa durante su campaña en Egipto, fue apuñalado por sus propios compañeros y su cabeza presentada como trofeo al rey Ptolomeo, tenía 58 años. Craso también fue víctima de una traición a la edad de 62 años cuando luchaba en Irán contra los Partos. Hecho prisionero le hicieron tragar oro derretido en alusión a su avaricia.

Spartacus. Encyclopaedia Britannica. Tomo 11, pag 73. Chicago 1995.

Spartacus. Encyclopaedia Britannica. Tomo 11, pag 73. Chicago 1995.


miércoles, 4 de julio de 2018

LA PIEDRA QUE REVOLUCIONÓ LA HISTORIA

El año 394 de nuestra era, bajo los designios del emperador romano Teodosio, se escribió en Egipto el último jeroglífico. Pocas centurias más tarde, aquel idioma había pasado al olvido. Los árabes invadieron el territorio, doblegaron a la población e impusieron su lengua. El mundo de las pirámides pasó a ser un sueño y más de 3000 años de historia parecían perdidos para siempre.

En 1798 Napoleón Bonaparte soñaba con seguir los pasos de Alejandro Magno y decidió conquistar Egipto y Siria para cortar el movimiento comercial de Inglaterra con la India, su más importante colonia. La expedición fue un completo fracaso porque el almirante Nelson destruyó la flota y más tarde derrotó a los franceses en tierra.

Sin embargo, aquella aventura tuvo un final sorprendentemente feliz ya que logró levantar el velo de desconocimiento y misterio que rodeaba a la antigua civilización egipcia. Durante el conflicto, una patrulla francesa se hallaba realizando trabajos para la defensa de la ciudad de Rosetta a 45 kilómetros de Alejandría, cuando las palas de los excavadores chocaron contra algo duro. Al remover la tierra surgió a la superficie una especie de lápida de 112 centímetros de altura y cerca de 800 kilos de peso, totalmente cubierta de inscripciones, de las cuales, los científicos de la expedición francesa solo reconocieron el texto inferior que estaba escrito en griego, mientras que los dos textos restantes contenían signos indescifrables. 
Fue el 15 de junio de 1799, fecha que cambiaría la historia de la arqueología ya que la pieza resultaría ser un elemento clave para descifrar los jeroglíficos egipcios y conocer el mundo de los faraones y su civilización.

             Piedra de Rosetta. British Museum

Ese día el calor era infernal y la patrulla, agotada y sedienta dejó la piedra donde fue hallada, con el propósito de trasladarla en otra oportunidad. Dos años más tarde fue encontrada por soldados ingleses y terminó recalando en el British Museum. A partir de entonces se la conoce como la piedra de Rosetta. Con ella se quedó Inglaterra, pero fue un francés quien lograría descifrar su contenido.

De acuerdo al segmento escrito en griego se pudo saber que la piedra de Rosetta representaba un homenaje al faraón Ptolomeo V y que se remontaba al año 196 a.C. La escritura del medio estaba escrita en demótico, el idioma que surgió en la última etapa del Antiguo Egipto y pasó a ser lengua muerta en el año 452. Hasta aquí, la traducción era posible, pero el texto superior estaba constituido por jeroglíficos y por lo tanto totalmente incomprensible, indescifrable para cualquiera que lo intentara, hasta que Champollion tuvo acceso a su contenido.

                          Jean-Francois Champollion (1790-1832)

Jean-Francois Champollion nació el 23 de diciembre de 1790 y los médicos que asistieron a la madre que se encontraba muy enferma, notaron que el niño tenía un tinte amarillento en las córneas, que sumado poco después a su renegrido cabello, le valió el mote de “el Egipcio”, toda una premonición. 

Cuando la piedra vio la luz del día, Champollion tenía 9 años. Era una mente brillante, a la edad de cuatro sabía leer y escribir y al término de su paso por la escuela de Genoble dominaba, guiado por el apoyo de su adorado hermano Jacques-Joseph, además del griego y latín, las diversas lenguas de Medio Oriente: persa medio, árabe, sirio, hebreo y copto, idioma lejanamente emparentado con el demótico.
Jacques-Joseph, 12 años mayor que Jean-Francois, fue su tutor y su guía y siendo arqueólogo le inculcó a su hermano la pasión por la antigua civilización egipcia. 

Además de una gran inteligencia y enorme facilidad para los idiomas, el joven “le jeune” Champollion, era sumamente curioso, perseverante y con una capacidad ilimitada para el trabajo de investigación. Pese a todas estas cualidades, ignoramos si hubiera podido alcanzar su gran logro sin el apoyo incondicional de su hermano mayor Jacques-Joseph.

              Jacques-Joseph Champollion

A la edad de 23 años Champollion escribió un tratado titulado: Egipto bajo los faraones, que resultó ser la descripción más completa sobre aquel país, pese a que aún no lo había visitado. Siete años después se abocó en forma exclusiva a descifrar la piedra de Rosetta, llegando a dedicarle hasta 20 horas diarias. Fue una compulsión obsesiva que le ocupó todo el año de 1821.

Le llamó la atención una figura que consistía en una cuerda ovalada con los extremos anudados que contenía varios jeroglíficos. A este conjunto lo llamó cartucho. El mismo cartucho se repetía varias veces en los jeroglíficos y coincidía con la palabra Ptolomeo en la parte correspondiente a los idiomas demótico y griego, que Champollion dominaba. Ese mismo año recibió copias de las inscripciones contenidas en un obelisco que el viajero inglés William Bankes había traído de Egipto. El monumento homenajeaba a dos Cleopatras y cada una estaba dentro de sus respectivos cartuchos. Por lo tanto los cartuchos señalaban que el contenido de los mismos correspondía al nombre de un Faraón.


                      Cartucho que representa a Ptolomeo

Champollion comprendió que los signos representaban letras individuales y logró identificar los jeroglíficos que correspondían a las letras P, L y O. Consiguió dibujos del templo de Karnack y allí encontró un nuevo cartucho que contenía tres figuras, la superior era un disco solar. 

Champollion sabía que en el idioma copto el sol se pronunciaba “RA”. En la parte inferior había un signo que el egiptólogo inglés Thomas Young, quien por entonces estaba empeñado en la misma tarea que el francés, había identificado como la letra “S”, pero no había conseguido descifrar el signo central. Champollion observó que en la piedra de Rosetta el signo aparecía varias veces y en todas las ocasiones la traducción en griego significaba nacimiento o nacer y se escribía “MESE”. Había detectado que el nombre de ese faraón era Ramsés.



Cartucho que representa a Cleopatra. Cada figura corresponde a una letra.

Champollion se dio cuenta de que por fin quedaba develada la escritura egipcia al saber combinar su dominio del copto, los avances de Young y su conocimiento del antiguo Egipto. 

Cuenta la historia que Jacques-Joseph estaba trabajando en su escritorio, como cuidador de los manuscritos de la Biblioteca Nacional de París, cuando escuchó ruidos de pasos que subían precipitadamente la escalera, la puerta se abrió de golpe y surgió como una tromba su hermano quien transfigurado alcanzó a decir “¡lo logré!”, e inmediatamente cayó desmayado. Se había evaporado la escasa energía que le quedaba luego de un año de trabajo intensísimo y permaneció en estado semicomatoso durante varios días.

Apenas trece días después, el 27 de septiembre de 1822, presentó su descubrimiento ante la Academia de Inscripciones de París, de manera formal, por medio de la siguiente misiva: Carta para M. Dacier relativa al alfabeto fonético jeroglífico utilizado por los egipcios. Por aquel entonces Bon-Joseph Dacier era el secretario de la Academia. La carta se tradujo y publicó en varios idiomas. 

Hubo elogios y críticas, entre estas la de Thomas Young, quien habiendo perdido la carrera en el descifrado de los jeroglíficos, lo acusó de robar sus ideas. Con el tiempo, Champollión recibió total crédito de ser el artífice genial que puso fin al enigma de los jeroglíficos y permitió que el mundo conociera la milenaria sociedad egipcia, sus costumbres, sus batallas, sus conquistas y la dinastía de los faraones.

En 1828 convirtió en realidad el sueño de toda su vida, como conservador de la colección Egipcia del Museo del Louvre, organizó una expedición científica que durante dos años catalogó los jeroglíficos de templos y palacios de Memphis, Tebas y Luxor. La comitiva de 15 egiptólogos trabajó intensamente recopilando 3000 años de historia de aquella civilización. Lo hicieron con las cabezas rapadas y con vestiduras de la época para sentirse más consubstanciados con aquel mundo milenario.

Volvió a Francia agotado para escribir su obra más grande y ambiciosa, la Grammaire égyptienne (Gramática egipcia), pero la muerte lo sorprendió y fue su hermano quien la terminó. Todas las partes de su organismo estaban afectadas por el esfuerzo de tantos años y un ataque al corazón acabó con su vida a la edad de 41 años. En el cementerio de Pere Lachaise la placa al pie de su tumba solo dice “Champollion Le Jeune”. No se necesita más, a un costado se erige una pirámide egipcia con jeroglíficos que señala que allí yace el hombre que develó el misterio de los faraones.


                                      Tumba de Champollion


Ana Fernández Beobide. Champollión y la piedra de Rosetta. La Piedra de Rosetta. http://www.jimena.com/egipto/apartados/Champollion.htm, subido el 08/11/2017.
Marta Pérez. Egiptología para todos. Champollion. https://www.youtube.com/watch?v=QtWN9UE0lfU, subido el 08/11/2017.
Juan Antonio Cebrian. Jean F Champollion y la piedra Rosetta. Pasajes de la Historia. La Rosa de los vientos. https://www.youtube.com/watch?v=ukaSdGEJHfo, subido el 08/11/2017.
Champollion, Jean Francois. Encyclopaedia Britannica. Volumen 3, pag 75. Chicago 1995.


lunes, 25 de junio de 2018

BODA DE CAMPESINOS

 En los siglos XV y XVI surgieron en los Países Bajos, hoy Holanda, dos pintores de técnicas similares. Carecían de la perfección detallista de otros de su época y sus combinaciones de colores eran simples. El observador con conocimiento limitado de la pintura flamenca, puede confundirlos entre sí.

Cuando Hyeronimus Bosch murió, faltaban 9 años para que naciera Pieter Brueghel, por lo tanto nunca se conocieron, aunque es probable, que este haya sido inspirado por el primero. Si bien sus técnicas guardan cierta similitud, ambos siguieron caminos diferentes. Bosch está considerado el padre del surrealismo, mientras que Brueghel fue el precursor del realismo. Término que le corresponde con entera justeza.

Si bien Brueghel, visitó Italia y conoció a los artistas florentinos, peregrinación considerada imprescindible para cualquier pintor o escultor europeo, copió parte de sus estilos y nada de sus temáticas. Dejó de lado los temas religiosos y mitológicos y se abocó a describir la vida cotidiana de su pueblo. Así surgieron obras como Cazadores en la nieve, La vuelta del ganado, Juego de niños, Danza de campesinos y Boda de campesinos. Los dos últimos más el agregado de escenas sobre la cosecha, muestran que el tema de los trabajadores rurales fue uno de los favoritos de Brueghel, quien tenía especial predilección por estas gentes y sus actividades campestres. Realizó varias pinturas relacionadas con la cosecha y otros trabajos rurales de este sector humilde de la sociedad.

Salvo excepciones las obras muestran episodios al aire libre y como fondo figura un paisaje relacionado con el tema. Este es otro aspecto que lo diferencia de sus contemporáneos que ponían escenarios neutrales con el solo objeto de completar la obra.



Peter Brueghel (el viejo, circa 1525 a 1530-1569). Autorretrato. Museo Albertina, Viena

En Boda de campesinos los personajes principales se encuentran en un segundo plano, son gente sencilla y humilde, trabajadores del campo que ocasionalmente tienen la oportunidad para reunirse, festejar y escapar del trabajo cotidiano. La fiesta ha sido organizada con gran esfuerzo económico. Una boda renacentista florentina o veneciana hubiera sido todo lo contrario, con abundancia de seda en los vestidos, exquisitos alimentos y despliegue de elegancia en un salón palaciego.



Boda de campesinos. Kunsthistorisches Museum, Viena.

En la pintura de Brueghel el banquete de bodas tiene lugar en un granero, no hay confusión ni apiñamiento y el espacio está lleno de vida. Al fondo se perfila un grupo de personas deseosas de entrar y participar en el festín. La novia que dista de ser el personaje central del cuadro, es la única mujer sin pañuelo en la cabeza, detrás de ella, pende un paño de color verde símbolo de la esperanza, el color adecuado para la contrayente. Tiene las manos juntas con los pulgares cruzados, el pulgar simboliza el dedo de Venus y tiene una connotación sexual y su rostro inocente, muestra satisfacción. Quien no aparece bien identificado es el novio y queda a decisión del observador la elección, quizás sea el hombre de negro sentado frente a la novia, que inclinado hacia atrás jarra en mano expone el perfil de su rostro. La alternativa es el personaje de la izquierda que vestido con mayor elegancia, se encuentra llenando jarras de vino blanco, o de cerveza.

En el extremo derecho de la mesa y casi fuera de la imagen, se encuentra un hombre que evidentemente no pertenece a la clase social de los campesinos. Por su vestimenta se deduce que es noble y su espada en el cinto y el galgo que se encuentra a sus pies y que solo sirve para la caza, señalan símbolos de poder y de estatus. Existe consenso de que se trata del propio Brueghel. Está conversando con un fraile franciscano, quien probablemente ejerció el oficio del matrimonio para los novios.
El primer plano está ocupado por dos robustos meseros que transportan sobre una puerta descerrajada platos de gachas, un alimento de las clases bajas de consistencia cremosa y espesa que se obtiene básicamente cociendo en agua, harina tostada en aceite, leche y caldo. El mesero que va adelante ha suscitado, a lo largo de los siglos, la curiosidad de los peritos en arte, por el hecho de tener tres pies. ¿Se trata de un error o de una diversión de Brueghel? Sin embargo, si se pudiera borrar la figura de este mesero, nos queda en forma completa el cuerpo del personaje que está sentado y recoge uno de los platos de gachas. Para realizar esta maniobra necesita tener ambas piernas separadas y de la izquierda solo se ve el pie ya que el resto de la pierna ha sido tapada por la figura del primer mesero. Un niño sentado se chupa el dedo después de pasarlo por el fondo del plato, tratando de que no queden restos de comida. Quizás Brueghel está sugiriendo que trata de aprovechar al máximo esta oportunidad de alimentarse que solo ocurre ocasionalmente.
Dos músicos amenizan el banquete con sus gaitas, éstos serían juglares que recorrían Europa y por pocas monedas estaban dispuestos a tocar aires populares en este tipo de reuniones. Es probable que después de la comida, los invitados se pongan a bailar alegremente, pero esto es parte de otro cuadro de Brueghel conocido como Danza de campesinos.

Baile de campesinos. Museo de la Historia del Arte, Viena

El cuadro muestra una feria rural en la que se realiza un baile en el patio de una taberna. A semejanza de la pintura anterior hay un marcado contraste entre la sencillez de los bailarines y los de una corte palaciega, vestidos con sus mejores ropas. No hay unanimidad ni concordancia en las actitudes de los personajes, ni siquiera entre los que están sumergidos en el ritmo de la danza, ya que cada pareja baila a su manera.

Un hombre que parece estar ebrio trata de ofrecerle al gaitero una jarra de vino, otros discuten animadamente sentados ante una mesa y más atrás una pareja intercambia un sencillo beso. Los rostros distan de ser delicados, se trata de campesinos analfabetos o semianalfabetos, curtidos por el trabajo al aire libre.

El paisaje del fondo muestra una iglesia y por el banderín que cuelga de la taberna en el que figuran imágenes de santos, se deduce que se trata de una festividad religiosa. Sin embargo, Brueghel se encargó de demostrar que los participantes se encuentran ajenos a toda demostración litúrgica. Así la pintó el artista, tal como seguramente ocurrió y por eso se lo considera el precursor del realismo.


Ramón Rodríguez Campillo"La boda campesina" de Brueghel el Viejo. Geografí,a Historia y arte sábado, 15 de diciembre de 2012

Biografías y vidas. Pieter Brueghel el viejo. https://www.biografiasyvidas.com/biografia/b/brueghel.htm


viernes, 15 de junio de 2018

UN EPISODIO DE LA FIEBRE AMARILLA EN BUENOS AIRES


La epidemia
En 1870, después de seis años finalizó la trágica y desastrosa guerra de la Triple Alianza donde Paraguay, el país vencido, quedó devastado. Por su parte, la economía argentina quedó maltrecha durante décadas y se calcula que alrededor de 25.000 argentinos perdieron la vida en los campos de batalla. Sin embargo, faltaba el latigazo final de este luctuoso acontecimiento de la historia.

El verano de 1871 fue pesado, caluroso y húmedo, ideal para el crecimiento del mosquito Aedes aegypti, el agente transmisor de la fiebre amarilla, enfermedad que vino junto con los soldados que regresaban de la guerra.

Hay una fecha precisa del inicio de la epidemia cuando el 27 de enero fallecieron tres personas, el diagnóstico fue gastroenteritis e inflamación de los pulmones, pero los días siguientes se produjo una escalada de casos con alto grado de mortalidad.

Fue entonces cuando el doctor Eduardo Wilde declaró que se trataba de una epidemia de fiebre amarilla y con este diagnóstico logró sacudir la apatía de las autoridades de Buenos Aires. Se suspendió el carnaval y como los hospitales estaban sobrepasados se habilitaron edificios que cumplieron esa función. También se creó una Comisión Popular de Salud Pública constituida por médicos, enfermeros, farmacéuticos y personal de apoyo logístico.

Pronto el número de muertos superó los 300 diarios y obligó a la inauguración de un nuevo cementerio: el de la Chacarita. La población entró en pánico y se produjo un éxodo masivo de los habitantes. Cuando estas catástrofes ocurren suceden gestos de heroísmo y de nobleza, pero son más numerosos los episodios que ponen al descubierto los bajos instintos humanos. Como la mayoría de los casos ocurrieron en el barrio de San Telmo, donde los inmigrantes estaban hacinados en conventillos, se difundió la xenofobia contra los italianos, que eran la mayoría. Abundaron los robos en las casas donde sucumbió toda la familia, pero lo peor fue el éxodo de quienes debían haber afrontado la epidemia. Dos tercios de los médicos de Buenos Aires y el presidente Sarmiento con su gabinete abandonaron la ciudad junto con senadores y jueces y se dirigieron a Mercedes.

El 9 de abril el número de muertos alcanzó el pico máximo y las víctimas eran amontonadas en carros y arrojadas a las fosas. Se estima que un 2% estaban vivos cuando los enterraron, o reaccionaron y se salvaron cuando los despertó el baldazo de cal.

A partir de la tercera semana de abril comenzó a descender la mortalidad en forma exponencial. ¡Alabado sea el Señor que finalmente ha escuchado nuestros ruegos!, clamaron las voces de los creyentes. La realidad es que junto con el descenso de la temperatura cesó la actividad del mosquito, pero por entonces se desconocía su relación con la enfermedad. Faltaban 10 años para que el médico cubano Carlos Finlay descubriera el ciclo de transmisión de la fiebre amarilla.

El cuadro
El pintor uruguayo Juan Manuel Blanes registró la epidemia en un óleo impactante por su sensibilidad y que con solo verlo llega hasta las profundidades del alma de quien lo observa.

Dos médicos que ingresan a la humilde habitación de un conventillo se detienen en la puerta agobiados ante el espectáculo que se les ofrece. Uno es el Dr. Cosme Argerich quien se quita el sombrero en señal de dolor y respeto. El otro es el Dr. Roque Pérez. Ambos tienen la mirada fija en el piso donde se encuentra tirada una mujer joven y a su lado un bebé llorando busca uno de sus senos para saciar su hambre. Un adolescente descalzo y de ojos brillantes de lágrimas observa a los médicos con mezcla de ansiedad y angustia. Detrás en un lecho se encuentra el cuerpo semidesnudo del padre. Lo primero que piensa el observador es cómo sobrevivirá el muchacho y su pequeño hermano, ambos huérfanos en aquella caótica Buenos Aires.

Juan Manuel Blanes (1830-1901). Un episodio de la fiebre amarilla en Buenos Aires. Museo Nacional de Artes Visuales, Montevideo, Uruguay.

Blanes homenajea a estos dos médicos Argerich y Roque Pérez, que trabajaron hasta caer agotados y víctimas ellos mismos de la fiebre amarilla. 

Gracias al parte policial del Comisario Lisandro Suárez, se sabe que la mujer que yace en el piso era italiana, se llamaba Ana Brisitiani y vivió en un conventillo de la calle Balcarce hasta encontrar su trágico fin el 17 de marzo de 1871. 

Fue por esos días que Blanes realizó la pintura y por el realismo que tiene, o el pintor fue testigo del hecho, o se lo relataron en todos sus detalles. La imaginación vuela y nos retrotrae al momento en que esa familia llegó al puerto de Buenos Aires soñando con una tierra prometida truncada por la fatalidad del destino.

El artista

                                       Juan Manuel Blanes (1830-1901)

Juan Manuel Blanes nació en Uruguay y tuvo una infancia dura hasta que a la edad de 24 años logró afianzarse como pintor retratista, instalando su taller en Montevideo. Por entonces conoció a la que sería su primera esposa María Linari casada con un tal Copello y de ese matrimonio había nacido una hija. 

María y Blanes se enamoraron y al poco tiempo huyeron a la ciudad de Salto escapando de la ira de Copello. De allí la pareja se trasladó a Concepción del Uruguay, donde comenzó una etapa importante del pintor cuando consiguió el mecenazgo del general Justo José de Urquiza, caudillo, gobernador de la provincia de Entre Ríos y presidente durante 6 años de la Confederación Argentina. Fue además, un hábil comerciante que le permitió llegar a ser uno de los personajes más ricos del país.

En su palacio de San José y bajo las indicaciones de Urquiza, Blanes pintó escenas de las hazañas y combates del general caudillo. Sin embargo, era consciente de que había llegado a un tope de su técnica y que el ambiente local no podía ofrecerle mayor expansión a su talento.

Mediante una beca otorgada por el gobierno uruguayo, Blanes realizó estudios en París, Roma y Florencia adquiriendo una depurada técnica académica que orientó hacia el naturalismo. Durante los varios años en que permaneció en Europa, pintó numerosas obras y varias de ellas las envió adelantadas por barco a Montevideo. El tiempo pasaba y no recibía noticias de la recepción de sus cuadros, hasta que finalmente le llegó una carta que lo dejó helado. Su esposa María tuvo que ayudarlo a sentarse para no caer al suelo. La nave había naufragado y meses de trabajo artístico se habían ido al fondo del mar.

Fue a su regreso que además de consagrarse como retratista en Montevideo, pintó Episodio de la fiebre amarilla en Buenos Aires, que fue expuesto el 8 de diciembre de 1871 en el foyer del Teatro Colón, ante un público que lo contempló con admiración y tristeza porque aún no se habían cerrado las llagas que la epidemia había dejado en la sociedad.

La intrusa
Blanes ya era famoso en ambas orillas del Río de la Plata y a su atelier acudían personajes de la alta sociedad y de la política para ser retratados. Su futuro económico estaba asegurado y a su alrededor la vida seguía un curso pacífico casi monótono, pero un día ingresó al atelier una dama porteña que llegó de Buenos Aires para hacerse retratar por el artista. A semejanza del espejo que recibe una pedrada, estalló en añicos la armonía del grupo familiar.

Se presentó como Carlota Ferreira, viuda de Regúnaga. Era una hembra soberbia, alta y algo excedida en peso que aportaba mayor atractivo a sus nalgas y senos. De mirada penetrante y labios carnosos posó durante varias semanas y Blanes sucumbió a sus encantos, la pintó elegantemente vestida y también completamente desnuda como las dos majas de Goya. A este cuadro lo tituló “Mundo, demonio y carne”.


                  Mundo, demonio y carne. Museo Blanes, Montevideo.

Nicanor, el hijo pintor de Blanes no escapó al hechizo de Carlota y perdidamente enamorado, se la quitó al padre y escapó con ella a Buenos Aires, Carlota tenía 45 años y él 26. La diferencia de edad, la vida disipada y mundana de Carlota, en contraste con el espíritu organizado de Nicanor, pronto pusieron fin al incipiente matrimonio. Nicanor regresó a Montevideo y logró una reconciliación parcial con su padre.

 Por entonces María, la esposa de Blanes, había fallecido de diabetes y para reconstruir el lazo familiar y por razones profesionales, padre e hijo volvieron a Europa y después de un tiempo Blanes regresó solo a Montevideo. Nicanor se quedó, recorrió países y llegó hasta Medio Oriente. Los historiadores perdieron su rastro, así como su padre que nuevamente en Europa trató de encontrarlo. Juan Manuel Blanes falleció el 15 de abril de 1901 en Pisa, Italia durante la búsqueda infructuosa de Nicanor.

Guillermo Pérez Rossel. Sobre la sensibilidad y la fiebre amarilla. El País. Viajes. http://viajes.elpais.com.uy/2015/04/04/sobre-la-sensibilidad-y-la-fiebre-amarilla/
Un episodio de la fiebre amarilla en Buenos Aires. Museo Nacional de Artes Visuales. http://mnav.gub.uy/cms.php?o=77. Bajado el 04/05/2018.
Datos biográficos. Museo de Bellas Artes Juan Manuel Blanes. http://blanes.montevideo.gub.uy/coleccion/juan-manuel-blanes/datos-biograficos Bajado el 06/05/2018.
María Esther de Miguel. El general, el pintor y la dama. Planeta, 1996. Buenos Aires.

Felipe Pigna. Cuando la fiebre amarilla azotó Buenos Aires. Clarín 14/01/2018.

miércoles, 6 de junio de 2018

LA MAJA DESNUDA

Es curioso que una de las pinturas más famosas, conocidas, vistas por el público y analizadas por expertos y académicos, presente algunas lagunas muy importantes en su historia. Ignoramos cómo surgió la idea y quién es la doncella que posó desnuda para aumentar aún más la fama artística que Francisco de Goya y Lucientes ya ya tenía asegurada en todos los estratos sociales, especialmente entre la nobleza y la familia real.

Goya. Manuel Godoy. Real Academia de San Fernando, Madrid

Estudios más recientes esgrimen la siguiente hipótesis sobre la dama en cuestión. Se supone que La Maja Desnuda fue realizada a solicitud de Manuel Godoy, por entonces el hombre más poderoso de España. Solo el rey, Carlos IV, estaba por encima de él, o no tanto, ya que siempre se comentó que el tal Godoy era también el amante de María Luisa, la esposa del monarca, hombre de carácter débil y voluntad mínima. Seguramente esta dama debió ser muy fogosa en el lecho para atraer a Godoy, ya que si nos atenemos a la despiadada descripción que hace Goya en su famoso cuadro de La Familia de Carlos IV, la reina exhibe un rostro vulgar y carente de belleza. Sin embargo, las apariencias engañan ya que detrás de esa imagen María Luisa poseía ambición de poder, era intrigante y ejercía enorme influencia sobre su cornudo esposo. Ella contribuyó en gran medida al meteórico ascenso de Godoy al poder.


Goya . La Familia de Carlos IV. En un primer plano el rey cargado de medallas y a su derecha la reina María Luisa. El segundo de la izquierda es Fernando que ascenderá al trono como Fernando VII. El resto son hijos y hermanos de los reyes.

En la vida de Godoy, además de su esposa María Teresa de Borbón y de la reina, existía otra mujer y sin duda la más deseada por su belleza. Estamos hablando de Josefa Francisca de Paula de Tudó, o simplemente Josefa o Pepita como la llamaba el pueblo. De familia de buena posición, cuando murió el padre, Pepita y sus hermanas quedaron bajo la protección del superministro quien pronto sucumbió a la seducción y encantos de Pepita. Solía llevarla a las reuniones oficiales y resultaba impactante y desconcertante ver en los banquetes sentada a la derecha de Godoy a María Teresa de Borbón cabizbaja y resignada y a su izquierda, la amante, la bella Pepita, alegre, despreocupada y segura de sí misma.

                           Josefa Francisca de Paula Tudó (Pepita)

Aparentemente, y esto no está confirmado, alrededor de 1799 Godoy convocó a Goya y le solicitó que hiciera un retrato de su amante. Aquí se desmoronaría uno de los mitos referentes a esta obra, no fue la duquesa de Alba la que posó y esto se evidencia también porque su rostro, pintado por Goya en posteriores ocasiones, no se parece al de La Maja Desnuda, pero sí al de Pepita. Es probable que el mismo Godoy fue quien sugirió que Pepita posara desnuda y decimos esto porque no estaba entre las costumbres de Goya pintar desnudos. En realidad era una rareza entre los artistas españoles y el único antecedente era la Venus del Espejo de Velázquez, que justamente se encontraba en poder de Godoy en un salón especial.

Que no hubiera desnudos en el arte español se lo debemos a la Inquisición, temible organismo que cercenaba las libertades y del que no escapaban ni el arte ni la literatura. Si Goya se animó a pintar a Pepita exponiendo sus atributos y desafiando a la Inquisición fue porque, en aquel entonces, Godoy era todopoderoso y no se le podía negar un pedido que era prácticamente una orden.

Ahora bien, en la historia de la pintura antes de Goya abundaban los desnudos, pero en su mayoría eran figuras de la mitología que prácticamente carecían de erotismo. No así La Maja Desnuda, que nos revela una mujer en cueros y salvo el detalle de que sus senos están un poco separados, nos ofrece un cuerpo perfecto desprovisto de todo misticismo. El rostro muestra una mirada seductora y los labios se arquean en una leve y provocativa sonrisa. Los brazos detrás de la nuca refuerzan la sensación de querer ser poseída.


              Goya . La Maja Desnuda. Museo Del Prado

Todo un desafío para la época y para colmo en España. Un dato interesante consiste en que por primera vez en la historia de los desnudos, el artista se detuvo para mostrar el vello púbico de la modelo, detalle que fue muy mal visto por la Inquisición, como si las mujeres debieran ser totalmente lampiñas.
La Maja Desnuda junto con la versión vestida, exactamente igual, pero con ropa, se incorporó a la sala de Godoy haciendo compañía a la Venus ante el espejo de Velázquez.

Goya gozó de un período de paz, sin ser molestado por la Inquisición, porque los aires de la Revolución Francesa que ingresaron violentamente en España con la invasión napoleónica, borraron temporalmente a esta odiosa institución y liberaron de sus mazmorras a los harapientos y torturados prisioneros que después de años alcanzaron a ver la luz del sol.

Cuando el pueblo español se levantó contra los franceses, también se encarnizó con Godoy, su palacio de Aranjuez fue asaltado y sometido a pillaje y las obras de arte, entre ellas las dos majas, terminaron recalando en el Depósito General de Secuestros de la calle Alcalá en Madrid. Los acontecimientos sobrepasaron la paciencia de María Teresa, quien cansada de su humillante posición abandonó a Godoy, mientras éste, liberado de su esposa, marchó al extranjero con Pepita.

Un año después y con la derrota de Napoleón regresó Fernando VII del exilio, quizás el peor rey que tuvo España en la historia de su decadente monarquía. En cuanto llegó abolió inmediatamente la Constitución de Cádiz que tenía muchas ideas de la Revolución Francesa y con él regresó la tiranía y de su mano la Inquisición. Ambas majas, junto con la Venus de Velázquez, fueron depositadas en dependencias de este tribunal en noviembre de 1814. 

Goya fue citado a declarar ante el “Santo Oficio” sobre la autoría de los cuadros y el propósito por el cual las había pintado. Lo salvaron sus amistades y el propio Fernando VII que en una ocasión se dejó retratar por el artista. De esta manera eludió las oscuras celdas de la Inquisición y logró que para bien del arte y de la posteridad, las majas no fueran quemadas. Los años que siguieron fueron un período de gran productividad de Goya que incluye la serie de pinturas negras, una notable revolución en el arte pictórico.

Las dos majas permanecieron en manos de Torquemada y sus sucesores durante 22 años y de allí pasaron a la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando hasta que en 1901 les llegó la absolución o el rescate y pudieron ingresar triunfantes al Museo del Prado. 

Desde entonces cada día, turistas, amantes del arte y curiosos se apiñan para contemplarlas donde ocupan toda la pared de una sala, pero sin duda la que logra la mayor atracción es La Maja Desnuda que parece decirle al observador “ven, soy toda tuya”.

Jean-Francois Chabrun. Goya. London Thames and Hudson, London 1965.
Francisco de Goya y Lucientes. Museo del Prado 200 años. http://www.historiadeiberiavieja.com/secciones/historia-moderna/quien-era-maja-desnuda, bajado el 02/06/2018.
Ainger Daoiz Velarde. Pepita Tudó. La musa escondida en un lecho olvidado. Recuerdos de la Historia. 09,04,2016.
Edmundo Fayanas Escuer. Carlo IV, el rey cornudo. Nuevatribuna.es, 07/03/2015.

¿Quién era la Maja Desnuda? Historia de Iberia Vieja, 22/12/2016.