martes, 24 de octubre de 2017

EL GRITO

El grito

El grito. Óleo y pastel sobre cartón 91 x 73,5 cm. Edvard Munch 1893.

En la Galería Nacional de Oslo se exhibe El grito, una pintura que al observador le deja una sensación de inquietud y cierto grado de angustia. Arriba de un puente y en un primer plano se encuentra una figura de aspecto andrógino, cabeza redonda y tan calva que semeja una bola de billar, la nariz es solo un par de orificios en el rostro. Se cubre las orejas con las manos y con gesto aterrado lanza un grito desgarrador.

Sin duda el mayor logro de la obra es haber retratado un sonido, porque cualquiera que la observe deduce inmediatamente que el extraño personaje, de aspecto extraterrestre, está gritando. Hay quienes interpretan que el hombrecillo oye un grito o un alarido y se tapa los oídos con ambas manos para no escucharlo. Me quedo con la primer idea. 

El cielo se presenta de gruesos trozos anaranjados con vetas de azul y amarillo y el puente y el resto del paisaje iluminados por una luz semioscura, aumentan la sensación siniestra del conjunto. La obra está catalogada como precursora del movimiento expresionista que surgiría con fuerza en Alemania pocas décadas más tarde. Para los académicos Munch con El grito sentó las bases del expresionismo.

¿Está señalando la figura la angustia existencial del hombre moderno en el momento de transición entre dos siglos, o es la expresión del alma atormentada del artista? En el fondo, se pueden apreciar dos figuras con sombrero ajenas a lo que ocurre con la figura principal que sí parece percibir las catástrofes que trae el siglo XX.

Munch se inspiró para pintar esta obra una tarde en que paseaba junto con dos amigos por un mirador de la colina Ekeberg, desde donde se podía apreciar el paisaje de Oslo. En 1891, en su diario Munch relata que ese día experimentó terribles sensaciones que las describió de esta manera: “iba por la calle con dos amigos cuando el sol se puso. De repente, el cielo se tornó rojo sangre y percibí un estremecimiento de tristeza. Un dolor desgarrador en el pecho…Lenguas de fuego como sangre cubrían el fiordo negro y azulado. Mis amigos siguieron andando y yo me quedé allí temblando de miedo y oí que un grito interminable atravesaba la naturaleza.”

                                     

Melancolía
El grito fue pintado durante la última década del siglo XIX, etapa en que Munch estaba pasando por un período depresivo porque pintó en forma sucesiva varios temas que tienen el mismo hilo conductor: la desesperanza, la tristeza y el tema de la muerte. En Melancolía la figura central es un hombre todo de negro, uno de los colores favoritos del artista, que sentado apoya la cabeza sobre su mano con gesto de tristeza. Da la impresión que no espera nada de la vida.
Hay tres cuadros de velatorios: Junto al lecho de muerte, Muerte en la habitación y Madre muerta con niña, donde se ve a los familiares con gesto de resignación y tristeza alrededor del pariente fallecido. Incluso el cuadro Atardecer en el paseo Karl Johann, está lejos de ser una escena animada como caracteriza a los pintores impresionistas cuando recrean los boulevards parisinos. La escena es realmente deprimente porque la gente está caminando con una expresión de tristeza y resignación, como si se avecinara una catástrofe inevitable.

Atardecer en el paseo Karl Johann 1892. Colección Rasmus Meyer, Bergen

Finalmente está La desesperación, con el mismo fondo ambiental que El grito, pero en este caso la figura es un hombre con galera apoyado sobre la baranda del puente sin que se vea su rostro.

Es que Munch no tuvo la resiliencia suficiente para superar varios traumas de la infancia relacionados con la enfermedad y la muerte de sus seres queridos. Solía decir de sí mismo que así como Leonardo da Vinci había estudiado la anatomía humana y diseccionado cuerpos, el intentaba diseccionar almas. El problema es que lo hacía desde su propia perspectiva, su visión pesimista de la vida y de la sociedad. Él mismo lo sugirió al afirmar: “La enfermedad, la locura y la muerte fueron los ángeles que rodearon mi cuna y me siguieron durante toda mi vida.”

El grito y su mensaje obsesionaron a Munch, quizás porque percibió que constituía la mayor expresión de su alma y esto lo motivó a realizar 4 versiones, la más famosa terminada en 1893, se encuentra en la Galería Nacional de Oslo, Noruega; otras dos versiones figuran en el Museo Munch de la misma ciudad.

En 1994 fue robada la versión más famosa, dos hombres se introdujeron por una ventana del museo de Oslo y en menos de un minuto cortaron el cable que unía el cuadro a la pared y se lo llevaron. Tuvieron la cortesía de dejar una nota de humor irónico que rezaba: “gracias por la falta de seguridad”. La obra fue recuperada pocas semanas después, pero en 2004 ingresaron ladrones en el Museo Munch y se apoderaron de una de las versiones que recién después de 2 años se pudo recuperar.

El grito se ha convertido en un símbolo cultural y es una de las imágenes más difundidas en todo el mundo. Sobre la figura del personaje se han hecho copias, imitaciones y parodias de todo tipo.

                                Edvard Munch (1863-1944)


En Cristianía, hoy conocida como Oslo, la capital de Noruega, nació quien sería el padre del expresionismo, un movimiento que al ser demasiado adelantado para su época no fue apreciado por sus contemporáneos. La infancia de Munch no fue feliz, una hermana sufría de trastornos mentales, su madre murió de tuberculosis cuando él tenía 5 años y durante su adolescencia la misma enfermedad, que en Noruega hacía estragos, se llevó a su hermana con quien tenía una entrañable relación.

              La niña enferma. Galería Nacional de Oslo

Esta muerte impactó de tal forma en su vida que uno de sus primeros cuadros se llamó La niña enferma, una adolescente sentada en la cama y apoyada en una gran almohada, vuelve el rostro hacia un lado donde, casi a sus pies, hay una mujer sentada o arrodillada. La mujer tiene la cabeza inclinada y no se puede reconocer su cara. En una época del arte donde el detallismo era primordial, el cuadro de Munch parecía inacabado.

Munch presentó su obra en 1886 durante la Exposición de Otoño en Cristianía y causó revuelo e indignación, por la impertinencia de exponer un cuadro cuyos elementos principales eran solo esbozos. La mano izquierda de la enferma tiene los dedos sin terminar y la mujer a su lado se esfuma en una negrura total que impedía asegurar si estaba sentada o arrodillada.

El escándalo y el rechazo de la obra fue de tal magnitud que en varias oportunidades tuvo que ingresar la policía para impedir que se dañara la obra. Sorprendido Munch no comprendía que una pintura pudiera causar tanto alboroto. En realidad el ataque al cuadro era en gran parte una excusa de aquella sociedad conservadora contra la “bohemia de Cristianía”, un movimiento de anarquistas radicales, entre los que se encontraba el artista, que se oponían a la hipocresía de una falsa moral y criticaban despiadadamente, todas las costumbres de la época.

Munch no modificó su técnica en absoluto, pertenecía a esos artistas profundamente convencidos de que su estilo era renovador y genial y que algún día el mundo lo reconocería y aceptaría. Había visitado París y quedó impactado con los impresionistas, pero estos amaban los colores mientras que Munch, aparentemente un depresivo con cierto componente bipolar, no era adicto a los efectos de la luz en sus pinturas y prefería los tonos oscuros, especialmente el negro.

Fue el pintor que más autorretratos hizo. El hecho de haberse pintado más de 50 veces sugiere un afán obsesivo y psicótico por la necesidad de tener certeza de su propia existencia. Es muy sugestivo que en ninguno de estos cuadros su rostro esboce una sonrisa o una sensación placentera. La realidad es que a semejanza de Van Gogh, Munch era un enfermo con trastornos mentales que debió internarse en varias oportunidades en instituciones psiquiátricas entre 1905 y 1909 por alcoholismo, asociado a episodios alucinatorios, depresión e ideación suicida.

                           Autorretrato

Sin embargo, durante las dos primeras décadas del siglo XX, Munch empezó a ser reconocido y tuvo cierto bienestar económico, recibió encargos para decorados teatrales, el friso para un teatro de Ibsen en Berlín, así como pedidos particulares. Muchas de sus pinturas estaban expuestas en galerías de Berlín y Hamburgo y cuando se impuso el régimen nazi, fueron consideradas decadentes y retiradas junto con las obras de los impresionistas y los expresionistas alemanes.

Durante la Segunda Guerra Mundial estuvo temporariamente en Nueva York donde fue ampliamente reconocido y agasajado, pero ya se encontraba anciano y enfermo y finalmente a los 80 años falleció el 23 de enero de 1944 en su casa de campo rodeado de gran número de sus cuadros. 

Setenta y tres años después El grito se vendió a un particular en la subasta de Sotheby a 119 millones de dólares, el precio más caro en la historia de la pintura.

Referencias
Mercedes Pérez Bergliaffa. Vida y obra de Edvard Munch, el pintor que cambiaba cuadros por zapatos. Clarín, Revista Ñ. 09/06/2013.
Origen y curiosidades sobre El grito de Munch. Errores históricos. 09/09/2015. http://www.erroreshistoricos.com/curiosidades-historicas/arte/912-origen-y-curiosidades-sobre-qel-gritoq-de-munch.html
Ulrich Bischof. Munch. Editorial Taschen, Alemania.
Marcelo Miranda C, Eva Miranda C, Matías Molina. Edvard Munch: enfermedad y genialidad en el gran artista noruego. Rev. Méd. Chile 2013;141, junio.


martes, 26 de septiembre de 2017

LA TENACIDAD DE MAMMA LUCIA

 “A medida que envejecen, las mujeres italianas se vuelven más fuertes y los hombres más débiles”, señaló en una oportunidad Mario Puzo al periodismo. Al menos para él, esa sentencia era cierta cuando se refería a su madre la mamma Lucía. 

Nacido en 1920 e hijo de inmigrantes italianos analfabetos, Puzo se crió en la zona oeste pobre, del “west side” de Manahattan, un barrio llamado Hell's Kitchen. Tenía 12 años y el mismo número de hermanos cuando el padre fue internado por esquizofrenia en un instituto de salud mental. Fue su madre la que mantuvo unida a la familia y le dio soporte económico. Sobre el personaje Vito Corleone, interpretado por el genial Marlon Brando, Puzo volcó todos los atributos que vio en Mamma Lucia: coraje, sabiduría, autoridad y capacidad de decisión.

                        Mario Puzo (1920-1999)

Entre 1950 y 1968, se encontraba viviendo en California con una esposa y cinco hijos y luchando contra la miseria. Escribía para una editorial que a regañadientes le aceptó varias publicaciones, entre ellas una novela sobre sus experiencias durante la Segunda Guerra Mundial. Hasta ese momento, sus obras habían alcanzado una aceptación muy relativa y debía grandes sumas a varios familiares, prestamistas y bancos

En 1968 y a la edad de 45 años se decidió a escribir una novela que despertara la aprobación del público y lo sacara de la pobreza. La idea sería sobre una familia de inmigrantes italianos donde el padre, Vito Corleone, para sobrevivir adquirió hábitos mafiosos y fue creciendo en fama y poder hasta convertirse en un capo destacado de la mafia. En el libro introdujo varios ingredientes: traiciones, violencia, terribles venganzas, sexo y un grupo familiar fuertemente cohesionado junto al padrino Don Corleone.

Fueron muchos los que creyeron que Puzo tenía contactos con personajes en conflicto con la ley que le permitieron acumular el bagaje que volcó en su novela. Sin embargo, todo lo que él sabía sobre la mafia lo había asimilado en las cafeterías de Las Vegas, en conversaciones con croupiers ya retirados, que lo enriquecieron de anécdotas durante los desayunos y en horas nocturnas hasta el momento del cierre de los bares con el paisaje del desierto de Nevada como fondo.

Así fue surgiendo su novela donde la figura central era el capo mafioso y según palabras textuales de Puzo: “Cada vez que Don Corleone abría la boca, yo oía en mi cabeza la voz de mi madre, su despiadada sapiencia, su concepción de la lealtad y de la traición. Sin mamma Lucía no existiría el libro El Padrino”.

La obra está llena de diálogos y frases que fascinaron a los lectores, muchas de las cuales fueron adoptadas más tarde por la propia mafia. Si algún lector se toma el trabajo de contar las escenas de violencia encontrará 23 asesinatos y la famosa escena del caballo Khartoum, un pura sangre que uno de los sicarios de Don Corleone decapitó en un episodio sin precedentes en la historia de los mensajes mafiosos.

                             Edición número 40 de El Padrino

El Padrino (The Godfather) fue un éxito fulminante que permaneció en la lista de los best-sellers durante 5 años consecutivos, solo superado 30 años más tarde por la saga de Harry Potter de Rowling.

Con una rapidez de reflejos envidiable y antes de que la novela se popularizara, la compañía cinematográfica Paramount adquirió los derechos para llevar el libro a la pantalla y le pagó a Puzo la módica suma de ochenta mil dólares, pero este pronto se haría millonario con las sucesivas ediciones de su obra.

La Paramount tuvo algunos inconvenientes iniciales porque el director convocado, Francis Ford Coppola detestaba el argumento y hubo que convencerlo para que aceptara dirigir la película. Se hubiera sorprendido enormemente si un clarividente le hubiera augurado que la saga de El Padrino lo cubriría de Oscares, fama y dinero.



                       Francis Ford Coppola (1939-)

Los otros inconvenientes que tuvo que sortear la compañía fueron más graves: una denuncia de la Sociedad Protectora de Animales por la escena del caballo decapitado y la oposición de la Liga ItaloAmericana de Derechos Civiles cuyo presidente era el capo mafioso Joe Colombo. El primero se arregló con un juicio ganado por la Paramount y el segundo, como no podía ser de otra forma, con dinero.

Millones de personas leyeron la novela, pero muchísimos más disfrutaron con las escenas producidas por un brillante repertorio donde se destaca la monumental actuación de Marlon Brando. El American Film Institute consideró a El Padrino uno de los más grandes films del mundo de la cinematografía y lo ubicó segundo después de El Ciudadano Kane. En 2005 el guión personal de Marlon Brando con anotaciones escritas a mano del propio actor, fue subastado por la firma Christie’s en 312.800 dólares.

                 Marlon Brando en una de las primeras escenas de la película

El jefe eterno del FBI, J. Edgar Hoover se volcó a los medios para asegurar que el crimen organizado era cosa del pasado. Sin embargo, el mismo día del estreno de El Padrino, el capo mafioso Joey Gallo, hundió su cabeza en un plato de tallarines cosido a balazos por sicarios enemigos.

Camille Paglia. It all comes back to family. The New York Times, 5/6/1997.
Eric Homberger. Mario Puzo. The Guardian 05/07/1999.
Juan Forn. La primera victima de los Corleone. Los Viernes Tomo 3. Ediciones EMECE, Buenos Aires 2016.
Un guión de 'El Padrino' con notas escritas a mano por Marlon Brando bate un récord en subastas. El País, Madrid 01/07/2005



lunes, 18 de septiembre de 2017

MANIPULACIÓN Y MENTIRA

Freud dijo haber descubierto fuerzas sexuales y agresivas primitivas en la profundidad de la mente de los seres humanos, fuerzas que al no poder ser controladas, llevarían a la destrucción y caos en la humanidad.

Basados sobre estas hipótesis, los elementos del poder utilizaron las teorías de Freud para intentar controlar a las masas en tiempos de democracia. En esta historia, Freud no es la figura central, sino otro miembro de su familia. Se trata de su sobrino, una mente brillante llamado Edward Bernays.

                  Edward Bernays (1891-1995)

Es llamativo que este hombre que revolucionó los métodos para manejar a la opinión pública con consecuencias aún indeterminadas en la actualidad, esté relegado a un injusto olvido y totalmente desconocido para la gran mayoría de las personas. Sin embargo, su influencia es más grande que la de su tío (que es mucho más recordado que el sobrino) y sus principios revolucionaron la comunicación a las masas y fueron utilizados por las dictaduras, particularmente la nazi, para adoctrinar a la población.

Las máquinas de felicidad
Bernays fue el primero en tomar las ideas de Freud para aplicarlas en gran escala con el objeto de promocionar desde productos comerciales hasta encumbrar políticos en los procesos electorales. Fue el primero en tomar conciencia que la gente podía llegar a consumir cosas que no necesitaba, vinculando productos de producción masiva con sus fantasías inconscientes.

De aquí saldrían nuevas ideas políticas para controlar a las masas. Básicamente, la técnica consistió en satisfacer los deseos íntimos egoístas de la gente que al ser más felices son más dóciles. Fue el comienzo de la sociedad de consumo que ha establecido sólidas raíces en el mundo actual.
Las ideas de Freud de cómo funciona la mente humana, han llegado a ser aceptadas por la sociedad, así como el psicoanálisis. Sin embargo, cien años atrás, sus postulados eran rechazados por la sociedad vienesa en un tiempo en que Viena era el centro de un vasto imperio. Para la poderosa corte de los Habsburgo, la mera idea de examinar y analizar los sentimientos privados de cada uno, no solo eran embarazosas, también era considerada una amenaza para su control absoluto. Por entonces, tenían el poder y obviamente no se podían exponer los sentimientos privados. Freud rompió con esa forma de pensar y lo que más temían los gobernantes era su idea de que en todos los seres humanos se escondieran impulsos instintivos y peligrosos.

Su método es el que todos conocemos bajo el nombre de psicoanálisis. Mediante el análisis de los sueños y la asociación libre, había desenterrado poderosas fuerzas sexuales y agresivas, que eran reminiscencias de nuestro pasado animal. Sentimientos que reprimíamos por ser demasiado peligrosos. La idea de Freud era explorar el subconsciente, una parte totalmente desconocida para nuestra conciencia.

En 1914 el Imperio Austrohúngaro llevó a Europa a la guerra, Freud vio esto como una terrible evidencia de la verdad de sus descubrimientos. “Lo más trágico de esto- escribió- es que es exactamente la forma que debemos esperar de la gente, según nuestro conocimiento del psicoanálisis”. Los gobiernos habían liberado las fuerzas primitivas en los seres humanos y nadie parecía saber cómo detenerlas.

En ese momento, el joven sobrino de Freud, Edward Bernays, trabajaba como agente de prensa en Estados Unidos. Los padres de Bernays hacía veinte años que habían emigrado de Viena, pero él mantenía un estrecho contacto con su tío Freud compartiendo vacaciones en los Alpes austríacos.

Ventajas de la Gran Guerra
Bernays regresó precipitadamente a Estados Unidos cuando el país anunció su ingreso en la guerra contra Alemania y Austria. Como parte de esta decisión el gobierno creó el Comité de Información Pública y Bernays formó parte del mismo para promover los objetivos de Estados Unidos en la prensa. Woodrow Wilson, el presidente de turno había anunciado que su país no lucharía para restaurar los antiguos imperios, sino para llevar la democracia a toda Europa.

Fue esta una de las primeras demostraciones del talento de Bernays, quien por entonces tenía 26 años, para promover ideas que modificaran el comportamiento del público. Para convocar a los ciudadanos a ingresar al ejército en lugar de emplear términos como “incorpórese al ejército de Estados Unidos” o frases similares, Bernays utilizó la representación humana del país, es decir “el tío Sam” que desde un afiche miraba fijamente al espectador y mientras lo señalaba en forma inquisidora con el dedo decía: “Te necesito para el ejército” (I want you to the U.S: Army). Esta breve frase más la figura casi imperativa de pedido de ayuda, caló hondo en la sociedad y aumentó considerablemente el número de reclutas.

                         El llamado del Tío Sam

Al término de la guerra acompañó al Presidente a la Conferencia de Paz en París, con el objeto de generar un mundo más “seguro y democrático”, el slogan inventado por Bernays. Esta propaganda fue sumamente eficaz y Wilson, al ser presentado como un hombre que había creado un nuevo mundo donde el ser humano sería libre, tuvo un recibimiento apoteósico.

            Multitudinario recibimiento de Wodrow Wilson en París

Consejero de relaciones públicas
Mientras veía a la muchedumbre agolparse en torno a Wilson, Bernays se preguntó que si pudo lograr semejante persuasión masiva para la guerra, también podría hacerlo para la paz. Sin embargo, la palabra “propaganda”, se había transformado en un término desagradable y la cambió por la de “consejero de relaciones públicas”. Había comenzado la etapa de los eufemismos, tan usada en nuestros días. 

A fines del siglo XIX, el país se había transformado en una sociedad industrial y Bernays se propuso buscar la forma de modificar lo que pensaba y sentían las masas. Para ello recurrió a las fuentes: las ideas del tío Freud. Los conceptos de las fuerzas irracionales escondidas dentro de los seres humanos, que surgieron de la lectura del libro Introducción General al Psicoanálisis, lo fascinaron. Se preguntó si podía hacer dinero manipulando el subconsciente de la gente.
Comenzó a trabajar sobre la idea de cuáles son las cosas que afectan a las emociones irracionales y abandonando los métodos convencionales de propaganda, decidió experimentar con las mentes de las clases populares.

Uno de los experimentos más exitosos consistió en persuadir a las mujeres para que se incorporaran al hábito del cigarrillo. Por entonces existía una especie de tabú en este aspecto. Uno de los primeros clientes de Bernays fue George Hill, presidente de la American Tobacco Corporation quien le pidió que buscara la forma para romper con ese tabú que perjudicaba las ventas. Bernays consultó con un distinguido psicoanalista para averiguar que pensaban las mujeres sobre el hábito de fumar. El especialista le cobró una fuerte suma por el informe, pero le dio la clave para resolver el problema. Para las mujeres el cigarrillo simbolizaba el pene y el poder sexual masculino. Había que encontrar la forma para conectar los cigarrillos con el desafío al poder masculino. Las mujeres fumarían y así tendrían sus propios penes.

Cada año se celebraba en Nueva York la Easter Parade o desfile de Pascuas que convocaba multitudes y Bernays contrató un grupo de mujeres jóvenes y bonitas quienes al marchar durante la manifestación levantaban simultáneamente la pollera, sacaban de la pierna un cigarrillo que tenían escondido, lo encendían y lo mostraban con la mano levantada como la imagen de la Estatua de la Libertad. Esto coincidió con un movimiento feminista a favor del sufragio femenino llamado “La Antorcha de la Libertad”. Al día siguiente los diarios de todo el país mencionaron el hecho y a partir de ese momento la venta de cigarrillos a las mujeres comenzó a aumentar. Bernays había logrado, mediante un simbolismo, que el cigarrillo fuera socialmente aceptado entre las mujeres. Había creado la idea de que si una mujer fumaba, esto la hacía más poderosa e independiente.


Mujeres hermosas e insinuantes, formaron parte de la estrategia para hacer fumar a las mujeres. A la derecha el mensaje es más explicito: en la parte superior se ve a una mujer arrastrando un arado primitivo y el esposo que la sigue dándole órdenes. En la parte inferior una joven totalmente emancipada fumando alegremente.

Descubrió que para vender un producto no había que actuar sobre el intelecto de la persona, sino demostrarle que al tenerlo se siente mejor o más realizado. Algo similar hizo con la industria del automóvil, no era el solo hecho de poseer el automóvil, lo importante era involucrarse emocionalmente con el producto, independientemente de que lo necesite o no.

La nueva estrategia de venta de Bernays fascinó a las grandes corporaciones, habían salido fortalecidas de la guerra, pero tenían una preocupación creciente. Se había creado un sistema de producción en masa donde millones de productos salían de las cadenas de montaje y se corría el peligro de que la gente tuviera suficientes bienes y simplemente dejara de comprar. Hasta entonces, los productos se vendían sobre la base de la necesidad.
Se debía preparar a la gente para desear, por ejemplo cambiar el modelo viejo por un producto nuevo, aunque aquel aún fuese útil, las necesidades de una persona debían ser eclipsadas por sus deseos y el hombre indicado para realizar ese cambio sería Edward Bernays.

Durante la década de 1920, los bancos de Nueva York, financiaron la creación de cadenas de grandes almacenes y centros comerciales en todo Estados Unidos, que serían los encargados de las ventas masivas. Bernays también trabajó para William Rudolph Hearst, el magnate de la prensa para darle nuevo atractivo a la publicidad de sus diarios y revistas, asociando un determinado producto con una estrella de cine famosa como Clara Bow. También comenzó con la publicidad indirecta en las películas. En las premieres vistió a las actrices con ropa y joyas de otras firmas que él representaba.

Fue el primero en decirle a los fabricantes de autos que podían venderlos como símbolos de la sexualidad masculina. Empleó a psicólogos para que hicieran informes diciendo que ciertos productos eran saludables y luego los presentaba como investigaciones independientes. El mensaje subliminal era: “tu no quieres cosas solo porque las necesitas, sino para expresar la esencia de tu yo interior en los demás”.

Un cambio en la dieta de los norteamericanos
El desayuno que caracteriza a los norteamericanos por su gran cantidad de calorías a base de huevos y panceta es una costumbre que no proviene de los austeros colonizadores ni de un cambio evolutivo en la alimentación de los norteamericanos. Fue una transición brusca y cuidadosamente dirigida por la publicidad. En 1920, Bernays fue solicitado por los gerentes de Beech-Nut Packing Company, que producía toda clase de alimentos. El tema que los inquietaba era como aumentar la venta de panceta. Bernays logró que un destacado médico amigo suyo, influyera sobre otros colegas y sacaran una declaración conjunta acerca de los beneficios de la panceta en la dieta. 

La nota fue publicada en los principales diarios y revistas y como resultado se produjo un aumento en el consumo de ese alimento, especialmente en el desayuno. Este fue uno de los varios casos en que Bernays recurrió a investigadores y profesionales “independientes”, para darle respaldo “científico” a un determinado producto.

En 1927, un periodista de Estados Unidos escribió “Un cambio ha invadido nuestra democracia y se llama consumismo. El ciudadano norteamericano ya no es importante a su país como ciudadano, sino como consumidor”. La creciente ola de consumismo se tradujo a su vez en crear el boom de la bolsa y aquí nuevamente Bernays se involucró. Promovió la idea de que la gente común debía comprar acciones, tomando dinero de bancos que también él representaba y una vez más, millones siguieron su consejo.

La ingeniería del consentimiento
Para Bernays la democracia era un concepto maravilloso, pero consideraba que la gente carecía de un criterio fiable. Podrían fácilmente votar a la persona equivocada o pretender cosas indeseables y por lo tanto debían ser dirigidas desde arriba, lo cual es sinónimo de despotismo. Apelando a sus inquietudes desconocidas y aprovechándose de sus deseos o miedos más profundos, se los podía utilizar para beneficio del conductor. Bernays tomó la idea de democracia y la convirtió en un paliativo. Si se puede estimular el Yo irracional, entonces los líderes pueden hacer lo que desean.

Por entonces Freud quien ya sufría un cáncer de boca se retiró a los Alpes escribió El malestar de la cultura, donde negaba que la civilización fuera la expresión del progreso humano. Por el contrario, la civilización se erigió para controlar las peligrosas fuerzas animales que existen en el interior de todos los seres humanos. Lo que estaba implícito en el mensaje de Freud era que la idea de la libertad del individuo, que es la base de la democracia, es imposible. 

A los seres humanos no se les debería permitir expresarse libremente porque es demasiado peligroso. Deben estar siempre controlados y por lo tanto siempre descontentos.
Joseph Goebbels, el ministro de Propaganda de Adolf Hitler tomó muy en cuenta las ideas de Freud y era un ávido lector de las obras de Bernays. Sobre esas bases creó los siguientes 11 postulados que aplicó sobre las masas de Alemania.


                Joseph Goebbels (1897-1945)

1.- Principio de simplificación y del enemigo único. Adoptar una única idea, un único Símbolo; Individualizar al adversario en un único enemigo.
2.- Principio del método de contagio. Reunir diversos adversarios en una sola categoría o individuo; Los adversarios han de constituirse en suma individualizada.
3.- Principio de la transposición. Cargar sobre el adversario los propios errores o defectos, respondiendo el ataque con el ataque. “Si no puedes negar las malas noticias, inventa otras que las distraigan”.
4.- Principio de la exageración y desfiguración. Convertir cualquier anécdota, por pequeña que sea, en amenaza grave.
5.- Principio de la vulgarización. “Toda propaganda debe ser popular, adaptando su nivel al menos inteligente de los individuos a los que va dirigida. Cuanto más grande sea la masa a convencer, más pequeño ha de ser el esfuerzo mental a realizar. La capacidad receptiva de las masas es limitada y su comprensión escasa; además, tienen gran facilidad para olvidar”.
6.- Principio de orquestación. “La propaganda debe limitarse a un número pequeño de ideas y repetirlas incansablemente, presentadas una y otra vez desde diferentes perspectivas pero siempre convergiendo sobre el mismo concepto. Sin fisuras ni dudas”. De aquí viene también la famosa frase: “Si una mentira se repite suficientemente, acaba por convertirse en verdad”.
7.- Principio de renovación. Hay que emitir constantemente informaciones y argumentos nuevos a un ritmo tal que cuando el adversario responda el público esté ya interesado en otra cosa. Las respuestas del adversario nunca han de poder contrarrestar el nivel creciente de acusaciones.
8.- Principio de la verosimilitud. Construir argumentos a partir de fuentes diversas, a través de los llamados globos sondas o de informaciones fragmentarias.
9.- Principio de la silenciamiento. Acallar sobre las cuestiones sobre las que no se tienen argumentos y disimular las noticias que favorecen el adversario, también contraprogramando con la ayuda de medios de comunicación afines.
10.- Principio de la transfusión. Por regla general la propaganda opera siempre a partir de un sustrato preexistente, ya sea una mitología nacional o un complejo de odios y prejuicios tradicionales; se trata de difundir argumentos que puedan arraigar en actitudes primitivas.
11.- Principio de la unanimidad. Llegar a convencer a mucha gente que se piensa “como todo el mundo”, creando impresión de unanimidad.

Personalmente pienso que estos postulados figuran en un cuadrito sobre la mesa de luz de Duran Barba.


Este material se obtuvo de la Reunión de Historia presentada por José Naón; del video de la BBC The Century of the Self y del libro de Joseph Bernays: Propaganda. Como manipular la opinión en democracia. Editorial del Zorzal, 2016, Buenos Aires.

lunes, 11 de septiembre de 2017

EL INTRÉPIDO Y VISIONARIO JAIME YANKELEVICH

A fines del siglo XIX arribó al puerto de Buenos Aires un barco cargado de inmigrantes provenientes de Europa del Este, entre ellos se encontraba el matrimonio Yankelevich que venía de Sofía, Bulgaria con sus 7 hijos. Uno de ellos llamado Jaime, estaba destinado a cambiar la historia de los medios de comunicación en Argentina.

La familia se instaló en la provincia de Entre Ríos donde el padre abrió un local de artículos eléctricos. Esa fue la escuela donde el muchacho dio los primeros pasos en el conocimiento de la incipiente industria electrónica.

Alrededor de 1920, Jaime que poseía una enorme carga de confianza en sí mismo y visión empresarial, decidió probar fortuna y se vino a Buenos Aires. Lo fascinó la ciudad con su actividad, sus más de 30 teatros y las primeras salas donde se proyectaban imágenes en movimiento, una invención llamada Lumiere.

                                  Jaime Yankelevich (1896-1952)

Instaló un local en un zaguán de la calle Entre Rios 940 donde armaba radios galenas y a la noche trabajaba como operador en el Cine 25 de Mayo a dos cuadras del negocio. 

Un día lo llamó de Flores un tal Penella, propietario de Radio Nacional, para que le arreglara unos artefactos eléctricos. Jaime agarró su bicicleta, se puso una escalera al hombro y con sus 140 kilos pedaleó hasta el local de la radio. Penella le adelantó que no estaba en condiciones de pagarle el servicio en aquel momento, pero a cambio podía publicitar su negocio. Jaime aceptó inmediatamente y esa noche, toda la familia junto a la radio, escuchó el aviso que anunciaba que la Casa Yankelevich arreglaba y vendía equipos de radio.

En ese momento tomó conciencia de la importancia de la radio como medio publicitario y de información. Si le quedaba alguna duda al respecto, ésta se le disipó por completo el día 14 de septiembre de 1923 cuando se produjo la pelea del siglo Firpo-Dempsey. Para esa ocasión instaló un parlante en la vereda que transmitió aquel evento histórico y el tráfico de la calle Entre Ríos debió interrumpirse por la multitud que se había agolpado.

Tres años después, la Casa Yankelevich era la más importante en el rubro de artículos de radio y Jaime era un hombre de fortuna. Podía haberse quedado en ese nivel dirigiendo su próspero negocio e incluso poniendo sucursales, pero él era un visionario audaz, pertenecía a esa raza de empresarios que se lanzan a proyectos gigantescos sin garantías de un resultado exitoso. En 1926 don Jaime (así lo llamaré de aquí en más), le compró Radio Nacional a Penella por el valor de $95.000, una suma enorme para aquella época. Consumió todos sus ahorros y quedó endeudado. Un día lo citó el juez de paz intimándolo a que levantara un documento, algo que para él era imposible en ese momento. Le expuso su proyecto al juez y fue tan elocuente y convincente que éste terminó prestándole dinero para que levantara la deuda y siguiera adelante.

Lanzó un programa de trabajo al que llamó “producción económica integral”, basado esencialmente en la publicidad y el desarrollo de programas en vivo. Fue el primer dueño de una radio que les pagó a los artistas. Rosita Quiroga, la voz arrabalera, la primera en cantar en la radio y la precursora de las grabaciones en discos de pasta, contó que Don Jaime le pagaba con dinero y cuando no podía le regalaba algún mueble.

La crisis económica de 1929 no lo afectó porque la radio era el único consuelo con que contaba la masa de desocupados. Cuando el dinero volvió a ingresar a través de la publicidad y una vez levantadas todas las deudas, trasladó las instalaciones a la calle Belgrano casi esquina Entre Ríos. En 1931 construyó una planta de transmisión de una manzana y colocó una gigantesca antena sobre el edificio de Obras Públicas y el complejo se transformó en la primera red o broadcasting llegando a los confines del país. Instaló corresponsales oyentes en todas las provincias que le enviaban las novedades de cada localidad. Mensualmente la mejor noticia era premiada con una medalla.

Durante la década de 1930, el complejo, que pasó a llamarse Radio Belgrano, nucleaba a los artistas más destacados y una de las principales ambiciones de un intérprete o de una orquesta era hacerse conocer a través de esa emisora. La programación se extendía desde las 7 hasta la una de la mañana y rara vez se escuchaban grabaciones.

Para demostrar que los artistas estaban en los estudios, Don Jaime los obligaba a que afinaran los instrumentos o a decir cualquier cosa, con tal que se advirtiera que nada de lo que se transmitía era grabado. Una de sus frases favoritas fue: “es preferible escuchar un cantor mediocre que un buen disco”.

Se supone que entre las cualidades de un empresario exitoso, debe figurar el tiempo que le dedica al funcionamiento y control de su empresa. Don Jaime llegaba a los estudios a la 6 de la mañana en el tranvía que pasaba por la puerta de su casa. Se retiraba muy tarde y a la una de la madrugada solía llamar por teléfono a la planta transmisora en Morón para ecualizar las líneas.

           Don Jaime junto con su esposa e hijo ante el equipo de radio

El advenimiento del régimen peronista le trajo sinsabores y beneficios. Cuando Eva Perón viajó a Europa, en 1947, Radio Belgrano, junto con las demás, hizo una emisión especial. Mientras Perón le hacía la despedida a su esposa en el puerto, se filtró una voz que dijo: “Son mentiras. No le crean. Es un mentiroso”. 

El objetivo era perjudicar a la radio y su dueño, y bien que se logró porque el gobierno consideró a Don Jaime responsable del mensaje y le cerró la radio que se reabrió cuando el régimen incautó todas las emisoras privadas. Entones le pidieron, y en esos tiempos había que interpretarlo como una orden, que se ocupara de manejar todas las radios estatales. Negarse hubiera sido suicida y a regañadientes firmó el contrato.

La relación positiva con el gobierno vino con el advenimiento de la televisión. Miguel, el hijo de Don Jaime estaba fascinado con este método de información que agregaba imagen al sonido y le insistía al padre de introducir en el país el nuevo fenómeno. Miguel tuvo una muerte prematura y Don Jaime decidió cumplir su deseo. Consiguió una audiencia con Perón y expuso con la elocuencia que lo caracterizaba el proyecto de instalar la televisión en el país. México y Brasil acababan de incorporarla y Argentina no podía quedar rezagada. 

Como todo estadista de fuste, Perón captó inmediatamente la importancia del nuevo medio como agente de propaganda. Cuando se llegó al tema de los costos, Oscar Nicolini, el Ministro de Comunicaciones de Perón, señaló: “A mí no me interesa todo el dinero que haya que invertir en este proyecto, cualquier cantidad de millones sería poca”.

En esa reunión estaba también Evita quien fue la que apuró los trámites diciendo: “Sí, sí, todo muy lindo, pero yo quiero que se televise el acto”, se refería al próximo Día de la Lealtad, es decir el 17 de octubre. De Estados Unidos se importaron los equipos y la antena y en solo 19 días y al costo sideral de 15 millones de pesos todo estuvo listo para inaugurar la televisión. Un día antes del evento el diario Crítica anunció con bombos y platillos la sensacional noticia de la primera emisión de televisión en la Argentina.

Al día siguiente fueron pocos los que lo vieron desde sus casas dado el costo elevado de aquellos aparatos, pero la vidrieras de los negocios que vendían televisores se rodearon de curiosos que contemplaban fascinados la plaza llena de gente y a Perón y Evita dirigiendo sus mensajes a la multitud. Como no existía el videotape, esas imágenes solo perduran en el recuerdo de los memoriosos. A partir de entonces se inauguró Canal 7 TV que durante 10 años conservó la exclusividad de ser el único.

Gustavo Yankelevich, nieto de Don Jaime, agradece el homenaje dedicado a su abuelo en los Premios Martín Fierro el 22/05/2011.

Don Jaime falleció 5 meses después, el 25 de febrero de 1952. Dejó una dinastía de empresarios de los medios de comunicación que llega hasta su nieto Gustavo que actualmente tiene su propia productora.

El viajero que recorra el barrio de La Boca encontrará una plaza ubicada en Ruy Diaz de Guzmán y Pinzón que lleva el nombre del impulsor de la radio y del pionero de la televisión argentina: Don Jaime Yanquelevich.

Como toda invención en el terreno de la información y de las comunicaciones, la televisión nos regala imágenes en vivo y en directo sobre acontecimientos en los lugares más distantes del planeta sea un concierto, un festival o una tragedia. También se vuelve frívola, fatua o intrascendente y la llamamos “la caja boba”. Puede entronizar o voltear a un candidato, popularizar a un intérprete hasta entonces desconocido o nos ofrece información falsa cuando el canal pertenece a un monopolio mediático que carece de escrúpulos. Hace 65 años, cuando Don Jaime incorporó la televisión a nuestro país, ¿se imaginaba el poder que alcanzaría este invento revolucionario?

Dolores Graña. Perdona nuestros pecados. Historia de la caja boba en Argentina. En la Argentina. Suplemento  RADAR de Página 12. 1999. http://www.archivo.pagina12.com.ar/1999/suple/radar/99-03/99-03-07/nota2.htm
Mirta Varela. Los 60 años de la televisión argentina. Todo es Historia, 2001, número 411.

Roberto Santoro. A 60 años de la muerte de Jaime Yankelevich. La Opinión 17/10/1976.