domingo, 21 de junio de 2015

LA MUERTE VINO DEL CIELO



Aviones de la marina y algunos de la aeronáutica, se dirigieron desde distintas bases hacia la capital federal. En el fuselaje estaba dibujada una cruz y una V, el logo de Cristo vence. Cada avión llevaba dos bombas y se dirigían en varias oleadas hacia la Plaza de Mayo.

Hacía más de un año que la Armada venía conspirando y en Ezeiza había construido un depósito clandestino para guardar bombas de última generación compradas con el dinero de los contribuyentes. Se hicieron ensayos de vuelos rasantes y ejercicios terrestres por parte de la Infantería de Marina. La oportunidad se fue aproximando en la medida que gran parte de la población sentía un descontento y rechazo por la falta de libertad de prensa y la agobiante demagogia.

La Iglesia tomó distancia de Perón y fue el elemento catalizador de la rebelión. La manifestación de Corpus Christi y la expulsión de los obispos Ramón Novoa y Manuel Tato fuera del país, aceleraron la fecha del operativo que quedó fijada para el 16 de junio de 1955. El ejército no participó en el proyecto y ese fue la mayor limitación que tuvieron los rebeldes, pero disponían de la Infantería de Marina junto con unos cuantos civiles bien armados que saldrían del Ministerio de Marina. Conviene recordar los apellidos de algunos de ellos: Cosme Beccar Varela, Santiago de Estrada, Ricardo Curutchet y Mario Amadeo. También varios políticos estaban involucrados en el complot: el conservador Adolfo Vicchi, el socialista Américo Ghioldi y el radical Zavala Ortiz. Dentro de la Armada se encontraba quién sería parte de la junta de Comandantes del Proceso, el entonces joven Emilio Massera.


A las 1240 del mediodía cuando llegaron las primeras oleadas de aviones, la Plaza de Mayo se encontraba muy concurrida por alumnos que salían de los colegios y, empleados que se trasladaban entre las oficinas o iban a almorzar. Sobre esa población, los Gloster Meteor lanzaron en vuelo rasante 14 toneladas de bombas. Muy pocas cayeron en la Casa Rosada, el resto explotó en la plaza. La estatua de Belgrano, la Pirámide de Mayo y el Cabildo, para suerte de la mala puntería de los conspiradores, se salvaron milagrosamente. Los últimos Gloster Meteor lanzaron ráfagas de ametralladoras contra la gente de la plaza con sus cañones de 20 mm que tienen el poder de una granada.


La población fue tomada por sorpresa y los daños colaterales fueron enormes, porque si bien la intención era eliminar a un solo individuo, el presidente de la República, no tuvieron ningún reparo en matar a sus propios ciudadanos. De esta manera asesinaron a 355 hombres y mujeres de todas las edades mientras los hospitales colapsaron con más de 600 heridos, muchos de los cuales también fallecieron. Varios granaderos que defendieron en inferioridad de condiciones la casa de gobierno contra la Infantería de Marina y los civiles armados también murieron en la refriega.


El episodio ha sido comparado por su semejanza al ocurrido en 1937, durante la guerra civil española. Ocurrió en la ciudad de Guernica cuando una escuadrilla de bombarderos alemanes experimentó sobre la ciudad para probar la eficacia de un ataque aéreo. Fue un operativo de sorpresa que alcanzó a matar a 130 civiles desprevenidos. Esa es la mentalidad del fascismo, el comportamiento de la derecha, siempre fue asesino.


Los aviadores huyeron a Montevideo, habían cumplido con su deber, estaban infatuados de gloria. No había cargo de conciencia en sus espíritus ¿acaso no llevaban en las alas el símbolo de Cristo vence y el operativo había sido bendecido por los obispos? No, la de ellos era una misión justiciera iluminada por el Espíritu Santo.

No se recuerda en la historia, al menos en el continente americano un episodio donde la aviación mate a sus propios ciudadanos. Igual que los pilotos nazis en Guernica, los de la marina actuaron de sorpresa y por lo tanto las pérdidas humanas fueron tan altas.

Ni siquiera el dictador Pinochet mató a civiles cuando tomó la Casa de la Moneda. El edificio ya estaba rodeado por los tanques y blindados del ejército cuando bombardeó la aviación, que dicho sea de paso, tuvo más puntería que los pilotos de la Marina.

Refiriéndose al bombardeo, el diario La Nación interpretó que el fuego aéreo contra la población civil, debía ser considerado como una consecuencia “algo natural “, en las confrontaciones políticas.

Sin el apoyo del ejército el golpe abortó a las pocas horas. Grupos leales al gobierno esa noche realizaron actos de vandalismo en varias iglesias a las que consideraban el emblema del poder eclesiástico que había apoyado la matanza de la Plaza de Mayo. Hace pocos días, el mismo diario La Nación, ahora dirigido por los Saguier, una familia ultraliberal constituida por conspicuos miembros del Opus Dei, manifestó en su editorial que el Papa, al reconciliarse con la presidenta Cristina, había puesto un manto de olvido sobre el episodio de la quema de las iglesias por el peronismo. El periódico omitió informar que fue la consecuencia de la reacción indignada del pueblo por la masacre de Plaza de Mayo, con la bendición de la jerarquía eclesiástica.

Perón no ordenó el fusilamiento de ninguno de los que cayeron prisioneros, pero cinco meses después, cuando asumió la Revolución autotitulada “Libertadora”, fusiló a decenas de civiles y a varios militares que habían hecho un intento de levantarse contra la dictadura de Aramburu. Ninguno de los ajusticiados había matado a nadie, no obstante fueron puestos ante pelotones de fusilamiento sin juicio sumario alguno.

La versión de los asesinos barrió con toda capacidad de asombro. Un volante de la “Marina de Guerra en operaciones”, bajo el título esquizofrénico de “Responsabilidad de Perón y la CGT en la matanza de Plaza de Mayo”, señalaba en el panfleto que la Marina de Guerra se sublevó, enviando al gobierno un ultimátum de rendición. Al rechazarlo y apelar al Ejército, el gobierno se colocó en actitud beligerante y por lo tanto era responsable de las consecuencias del bombardeo. El texto continúa con argumentos inverosímiles, pero solo encabezamiento es suficiente para evidenciar que fue una justificación vergonzosa y miserable.

En primer lugar una fuerza armada no se debe sublevar contra un gobierno legítimamente constituido. Lo del ultimátum era una mentira, fue un ataque sorpresa artero y cobarde. Perón no apeló al ejército, aunque tenía todo el derecho de hacerlo. Los sublevados se rindieron por miedo a ser linchados por la multitud. Finalmente, la única posición beligerante fue la de la Marina, ¿o pretendían que Perón los esperara sentado en su despacho para acribillarlo ?

La dictadura de Aramburu puso un piadoso manto de silencio sobre aquel acontecimiento. Había que tapar una de las más grandes infamias de la historia argentina y el hecho no se volvió a recordar. Los gobiernos radicales tampoco lo hicieron, es que varios de sus miembros apoyaron el operativo y poco tiempo después también respaldaron el golpe militar del 55. La vergüenza les impedía mencionar aquel luctuoso episodio. El tiempo les enseñaría que ellos también eran vulnerables a los desvaríos de la soberbia uniformada.

Felipe Pigna. Los mitos de la historia argentina, volumen 4.

Marcelo Larraquy. De Perón a montoneros. Editorial Aguilar 2010. Plantea 2008

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