El
reducido cortejo se dirigía hacia el sur y estaba constituido por un grupo de
indios del imperio Inca que transportaban en literas a tres españoles de las
fuerzas de Francisco Pizarro. Dos de ellos, Martín Bueno y Pedro Martín de
Moguer eran marineros analfabetos y el tercero era el notario (escribano) Juan
Zárate. Se dirigían de Cajamarca a Cuzco, una distancia de casi 2000 kilómetros
entre picos nevados, precipicios y valles. Tardarían semanas en llegar, pero
esto no preocupaba a los tres hombres que eran transportados cómodamente, cuidados
y alimentados, por los indios relegados prácticamente a la condición de
esclavos.
Francisco Pizarro (1471? –
1541)
Para
explicar tan absurda situación tenemos que retroceder al momento en que
Francisco Pizarro, logró con un puñado de 168 hombres secuestrar en maniobra
audaz y sorprendente al emperador Atahualpa. Con la aprobación del sacerdote
Valverde que les dijo: “Matad que os absuelvo” y al grito de guerra: “¡Santiago!”,
Pizarro y varios de sus hombres en una carga de caballería arrancaron al
emperador inca de su litera y lo hicieron prisionero.
El ejército inca quedó moralmente
destrozado, su rey, el hijo del Sol, había sido atrapado por esos barbudos
blancos. Atahualpa para salvar su vida, ofreció un rescate consistente en una
habitación llena de oro. A partir de entonces, todos sus súbditos se abocaron a
buscar el dorado metal por todos los confines del imperio. Para acelerar el
proceso, Pizarro mandó a estos tres hombres a que trajeran del Cuzco todo el
oro y plata posibles.
Captura de Atahualpa
Extraños
en tierra extraña, los tres españoles fueron los primeros europeos en ver el
mundo andino intacto, un mundo con una civilización floreciente y un orden y
equilibrio socio-económico no imaginable en ninguna sociedad europea. Cuando llegaron a Cuzco,
resguardada en una ladera que se abría sobre un extenso valle a 3500 metros de
altura, los europeos quedaron deslumbrados y manifestaron que era tan bella y
con edificios tan buenos que serían notables hasta en España. En lo alto de una
de las cumbres que presidía la ciudad, se erguía la imponente fortaleza de
Saqaywaman, cuyos muros estaban construidos con gigantescas piedras tan bien
encajadas que entre las uniones no podría penetrar la punta de un cuchillo.
El
minúsculo grupo tomó posesión de la ciudad de Cuzco en nombre de su Majestad,
el rey Carlos V. Juan Zárate, el notario, se encargó de redactar un documento y
lo firmó con rúbrica y sello ante una multitud de indios curiosos, que no
imaginaban que su ciudad que habían construido durante décadas, pasaba
súbitamente a ser propiedad de un monarca desconocido, situado al otro lado del
mundo.
El
general Quisquis, uno de los hombres más brillantes de Atahualpa, tenía ocupada
la capital con treinta mil guerreros y aunque hubiera podido eliminar
instantáneamente a esos usurpadores, debió tragarse su orgullo, ya que
Atahualpa había ordenado que la función de los extranjeros era recoger todo el
oro posible. Tuvo que permitir que los españoles entraran en el recinto más
sagrado de los incas, el templo del sol de Qorincacha.
Los dos marineros y el
notario, ajenos e indiferentes a la cultura inca y solo preocupados por saquear
todo cuanto pudieran lo antes posible, ingresaron en el templo y se abrieron
paso a empujones entre los presentes. Con la ayuda de palancas de bronce fueron
arrancando las placas de oro que cubrían las paredes ante los horrorizados y
enfurecidos sacerdotes. Cada placa pesaba cerca de dos kilos, lo suficiente
como para comprar una carabela y equivalía a nueve años de salario para
aquellos marineros.
Extrapolemos los hechos a la actualidad, e imaginemos que ingresan al Vaticano un grupo
de facinerosos que ante la mirada azorada del Papa y su séquito de cardenales
comienzan a embolsar todas las reliquias de la Iglesia de San Pedro.
Cuando
todo este tesoro regresó a Cajamarca, los españoles habían recolectado cerca de
veinte mil kilos de oro. Pizarro ordenó fundir a toda aquella riqueza para
transformarla en barras. Al fuego fueron a parar las estatuillas de dioses, el
collar de la novia, el brazalete de la esposa, platos, bandejas, ánforas y copas.
Onza a onza, los objetos más exquisitos creados por los artesanos del imperio
fueron arrojados a los moldes para hacer lingotes, ante la mirada inyectada de codicia
de aquellos españoles que ya se sabían los hombres más ricos del mundo.
Actualmente, los museos de Perú conservan escasas obras en oro de la
civilización Inca, casi la totalidad formó parte del saqueo más grande de la
historia.
Tortura y muerte de
Atahualpa
Pizarro
no cumplió su promesa e hizo matar a Atahualpa. Luchas entre facciones de los
españoles y posteriores ataques de los indios, hicieron que muy pocos de los
168 hombres que acompañaron aquella expedición pudieran disfrutar de sus
riquezas mal habidas, ni siquiera el propio Pizarro que fue asesinado por una facción de los hombre de Almagro.
El
oro y la plata proveniente de América, en lugar de ser una bendición fue una
condena para España, creyeron que ese flujo sería eterno. Su monarquía y burguesía carecieron de grandeza y de
visión de futuro y España no pudo subirse al tren de la Revolución Industrial
quedando rezagada durante siglos en relación con el resto del continente. Ver: Gloria y decadencia de España
Fuentes
Kim Macquarrie. Los últimos días de los incas. Inkaterra, Perú 2013.
William Prescott.
History of the conquest of Peru. Lippnicott, Philadephia, 2009.
una genialidad esta nota, breve, concisa, contundente y veraz, gracias Ricardo!
ResponderEliminarSi uno lee La Conquista de México por el español Salvador de Madariaga, Hernán Cortez es la madre Teresa
ResponderEliminarMuy bueno, Ricardo! Nunca resultan suficientes los esfuerzos por mantener viva la memoria del horror, saqueo, maltrato, asesinatos, violaciones, genocidio que perpetraron estas ( y otras) ratas contra los pueblos originarios latinoamericanos. Probablemente, si no hubieramos tenido que encajar, a sangre y fuego, dentro de los parametros "occidentales y cristianos" que nos fueron impuestos, hoy seriamos una potencia imbatible.Je, "Dia de la Raza", por favor...Gracias por tus aportes de siempre
ResponderEliminarMuy bueno, Ricardo!!. Hoy recordé este artículo ante una amiga, viendo los trozos del monumento a Colón apoyados en el suelo. No estoy de acuerdo con eso. Aunque repudio muy profundamente cómo fue hecha la conquista de América y esta elocuente nota tuya nos lo recuerda; como dice Paula K" nunca resultan suficientes los esfuerzos por (..la memoria del horror (...)". Gracias por tan valioso relato.
ResponderEliminarYo tampoco estoy de acuerdo con desplazar monumentos y cambiar el nombre a las calles. Lo de Colón es una estupidez, todavía me da en el hígado que avenida del Tejar, un nombre tan lindo se llame Ricardo Balbín, puaj.
EliminarCariños
Hola. Muy buena Ricardo. Citando a Sacheri, debemos conservar el deber de la memoria, con todo lo que vivieron los pueblos originarios, desde la matanza española hasta la usurpación llevada adelante por Roca y Sarmiento. Ahora, por qué no están de acuerdo con el traslado del monumento a Colón? No les cae demasiado pesado que esté al lado de la casa de gobierno de nuestro país? Un lugar tan significativo. Gracias. Un abrazo.
ResponderEliminarJorge Palmeiro
Hola Ricardo, siempre leo tus notas, ésta, muy interesante respecto a la forma en que se realizó la Conquista del Perú. Sobran comentarios.
ResponderEliminarGracias por enviarme siempre tus notas.
Saludos, desde Perú,
Pepe
P.D.
Nos conocimos meses atrás en un viaje de Colonia a Buenos AIres
Me acuerdo perfectamente Pepe
EliminarUn abrazo
En la década del 50 y 60, después lo ignoro, no nos enseñaron casi nada en el colegio sobre la conquista del Perú y la de México
ResponderEliminarEs cierto, estudiamos griegos y romanos e historia de Europa, pero de los países vecinos de Latinoamérica, nada. Muy conveniente para ciertas mentalidades.
Eliminar¡Grande Chávez y los Kirchner, que instalaron la idea de la Patria Grande! Juntos somos 600 millones, no nos para nadie.
Muy buena mi estimado Ricardo, la primera vez que leo sus artículos. Ferlicitaciones por los alcances bien explícitos.
ResponderEliminarDos comentarios. Uno: España carecía de una burguesía previa a la Revolución Industrial. Lo que había era una aristocracia terrateniente y atrasada. Si hubiesen tenido todo el oro del mundo, no lo hubieran invertido, además que en el siglo XVIII (previo a la Revolución Industrial), no había un comercio significativo de oro ni plata con la metrópoli, pues ya había una clase criolla en Iberomérica que era terrateniente y rica (formada en Universidades americanas puestas por los españoles desde el siglo XVI, recuérdenlo y pregunte a los a los yankis cuantas tenían) y que era la gestora de tales riquezas y comerciantes. Lo que le faltaba era el poder político, que eso sí se hacía desde la península. Estos criollos fueron la base de la independencia y no compartirán el poder político con el resto del pueblo cuando lo consiguen.
ResponderEliminarY Punto dos: esa melancolía o atraso en la economía no es debido al sistema colonial español. El atraso es una gestión deficiente, clasista y anacrónica de los líderes revolucionarios, que ellos no miraron por el pueblo. Miraron por ellos mismos y su clase criolla que ocupó el vacío de poder que dejó la metrópoli, imponiendo la misma visión del siglo anterior sin novedades de ningún tipo (fue un cambio en el poder político, no evolutivo ni económico. siguieron con las mismas prácticas en economía que eran ruinosas). Y España entró en decadencia no por la pérdida de Iberomérica, entró en decadencia por un siglo de guerras civiles que fue el XIX que arruinó todo.
Y, por último, recomiendo que hagan una comparación con las amenazas que hicieron temblar al rey español en la Revuelta de las comunidades de Castilla y León mientras que tres muertos de hambre españoles robaron todo el oro que les dio la gana porque un rey cobarde, Atahualpa, les cedía todo por su vida y unos generales ineptos lo dejaban hacer para salvar la vida de un rey llorón.