lunes, 23 de diciembre de 2019

LA LECCIÓN DE LA NAVIDAD


Es el 24 de diciembre de 1914, el frente se encuentra en Flandes, hacia el este están las trincheras alemanas y a menos de 100 metros de distancia se encuentran las trincheras aliadas ocupadas por franceses, ingleses y belgas. Hacía pocos meses que la guerra había comenzado, el disparador fue el asesinato de un ignoto archiduque que adquirió trágica fama cuando en Sarajevo, un extremista arrojó una bomba a su carruaje.
         La causa de la guerra, como siempre hay que buscarla en intereses económicos, la presión de la industria bélica y la incapacidad de los seres humanos para resolver las discrepancias por la vía diplomática.
        El termómetro marca varios grados bajo cero, el terreno está cubierto de nieve y el espacio que separa ambas zonas está sembrado de cadáveres que nadie se anima ni tiene fuerzas para enterrar.
       Mientras los generales festejan la navidad en salones versallescos a cientos de kilómetros del frente, los soldados infestados de piojos tiritan de frío y comienzan a aparecer los primeros signos del pie de trinchera, el preludio de una inevitable amputación del miembro.
       Entonces ocurre lo insólito, de la trinchera alemana asoma un árbol de Navidad con velas encendidas que recibe algunos disparos que pronto cesan cuando se oye el “Stille Nacht, Heilige Nacht”. 


Del lado aliado responden con el villancico “Silent Night” y lentamente, como provenientes de la entraña de la tierra, fantasmales, sucios y barbudos comienzan a surgir de ambas trincheras los soldados, sin las armas, algunos con velas encendidas y saludándose.
       Cada uno se da cuenta que el enemigo no es ese monstruo asesino como les habían contado sus superiores. Días anteriores, el capellán les había dicho que esta guerra era una cruzada donde ellos luchaban en nombre de Dios y el enemigo representaba al demonio.

       Como de la nada surgen algunas botellas de champagne y se intercambian regalos. Cuando los superiores de ambas partes se enteran cunde la furia y la indignación, la guerra debía seguir y como castigo se hicieron cortes marciales. Se envían nuevos batallones en reemplazo de estos soldados pusilánimes, que cometieron el gravísimo delito de intercambiar saludos navideños con el enemigo.
         Si esa noche se hubiera puesto fin al conflicto, se hubieran ahorrado millones de vidas, cientos de miles de combatientes con daños físicos y psíquicos irreparables y la humanidad se habría salvado de Hitler.
Existe una coproducción europea llamada Feliz Navidad (ver video), que recrea ese episodio y es uno de los alegatos más fuertes contra la locura de la guerra.



lunes, 9 de diciembre de 2019

LIBROS AL ALCANCE DE TODOS



Alguien en Europa decidió que todo el mundo tenía derecho al acceso de la lectura, al conocimiento de los clásicos, de las grandes novelas y de toda información que pudiera enriquecer el patrimonio cultural de la gente. Con ese objetivo creó una editorial que produjo libros a precios irrisorios. El personaje se llamaba Allen Lane y la editorial que nació en Londres en 1935 y sigue gozando de excelente salud se llama Penguin Books.
En América Latina otro gran visionario tuvo la misma idea, noble grande y generosa, se llamaba Boris Spivakow y en Buenos Aires dio origen a la editorial Centro Editor de América Latina que vio la luz en 1966, pero las dictaduras que sufrimos, la incomprensión y la indiferencia le otorgaron solo 29 años de existencia. Quiero rendir homenaje a estos dos grandes hombres que tanto hicieron por la cultura de sus países y del mundo.


Allen Lane y Penguin Books
            ─Es necesario que mis libros sean más baratos para que mi público pueda comprarlos─ quien así se expresaba era Agatha Christie, la archiconocida escritora de novelas policiales. Su interlocutor era el joven Allen Lane, empleado jerárquico de la editorial Bodley Head que publicaba las obras de la escritora.
            Mientras esperaba el tren en la estación de Exeter de regreso a Londres, Lane empezó a pergeñar la posibilidad de vender libros a muy bajo precio. Esa noche se reunió con sus dos hermanos Richard y John y después de largos cabildeos decidieron producir libros al valor de 6 peniques, serían de tapa blanda con las hojas unidas con pegamento en lugar de costuras y de un tamaño que cabía en un bolsillo. Más tarde este tipo de presentación daría origen al término pocket book Tantearon editoriales, pero ninguna aceptó el desafío. Vender libros a 6 peniques la unidad, el costo de un atado de cigarrillos, requeriría 15000 unidades para solo cubrir los gastos, sentenciaron algunos. Para otros era además una ofensa hacia los autores, para el oficio de producir libros y la historia de la literatura.


                        Allen Lane (1902-1970)

            Aquí nos encontramos con esos personajes que tienen el coraje y la valentía de sumergirse de lleno en un emprendimiento que otros consideran una quimera o una aventura absurda. Allen hipotecó una propiedad y abrió la empresa con un capital inicial de 100 libras y la magra cantidad de seis títulos. La empresa era parte de Bodley Head, pero las seguras pérdidas, así como las dudosas ganancias correrían por cuenta de los tres hermanos Lane.
            Solo faltaba el nombre de la editorial y el logo. Allen insistía en que fuera un ave y cuando una de las secretarias sugirió al pingüino, Allen señalo que estaba de acuerdo porque “somos un ave sin pretensiones”. Los demás asintieron y después de varios diseños y posturas, surgió finalmente el pájaro con el nombre de Penguin Books. Los primeros libros salieron de imprenta en marzo de 1935 y la cadena de comercios Woolworth y los Ferrocarriles Británicos se convirtieron en los primeros clientes: La reacción del público fue explosiva, a los pocos días ya se habían vendido 150.000 ejemplares. En menos de un año el número de libros vendidos alcanzó el millón y los hermanos Lane ya separados de Bodley Head, se reinstalaron en edificios, acordes con la magnitud de la creciente empresa.


                        El logo de Penguin Books

            Durante la Segunda Guerra Mundial había tantos soldados británicos con un Penguin Book en el bolsillo de sus casacas que el Estado Mayor inglés le duplicó a la editorial la cuota de papel estipulada por el racionamiento. Durante los bombardeos a la ciudad de Londres, la gente se refugiaba en las estaciones del subterráneo y muchos llevaban su pocket book para evadir la angustia de lo que sucedía en la superficie. Al terminar la guerra la cantidad de libros vendidos había superado los cien millones. Recién en 1970 el precio de un Penguin Book subió al valor de una libra y seguía siendo el libro más barato. Actualmente en cualquier parte del mundo se puede encontrar en los medios de transporte algún lector ensimismado en la lectura de su Penguin Book.

Boris Spivakow y el Centro Editor de América Latina
Boris, hijo de inmigrantes rusos nació en Buenos Aires en 1915 y desde la infancia se interesó por la lectura que se transformó en una pasión que mantuvo hasta su muerte. Solía leer mientras caminaba lo que en varias oportunidades le significó choques y tropezones. En la adolescencia, lo atrajo también la política y se hizo miembro activo del partido comunista y con este rótulo conoció las cárceles del peronismo que lo alojaron en varias oportunidades.


                               Boris Spivakow (1915-1994)
Junto con César Civita y otros inmigrantes recién llegados, a quienes les enseñó el castellano, fundó la Editorial Abril. Mientras tanto, había completado la licenciatura en matemáticas y esa formación hizo que Manuel Sadosky lo convocara para dictar clases de Análisis Matemático en la Facultad de Ciencias Exactas de la Universidad de Buenos Aires.
Con su bagaje de conocimiento como editor y con el apoyo del rector Rizieri Frondizi, Boris fundó EUDEBA (Editorial Universitaria de Buenos Aires), cuyo objetivo era producir libros de calidad a bajo costo. La editorial incluyó tópicos de ciencia, literatura, historia, arte y cultura general. Se transformó en la más importante de América del Sur con 803 distribuidoras y librerías en todo el país, en el resto de América y varias naciones de Europa. Estos logros adquieren valor descomunal al considerar que nunca tuvo suficiente apoyo económico durante los distintos gobiernos que se sucedieron, pero lo peor estaba por venir.



La noche de los bastones largos
EUDEBA había alcanzado a publicar el ejemplar número diez millones, cuando el 28 de julio de 1966 se produjo la tristemente célebre “noche de los bastones largos”. Juan Carlos Onganía el general de caballería de las tres neuronas: una para manejar el caballo, otra para saludar con el sable y la tercera para desfilar, había derrocado al gobierno democrático de Arturo Illía. Bajo sus órdenes, fuerzas policiales entraron en varias facultades y sacaron a bastonazos a profesores y alumnos. Nadie se salvó del ataque, mujeres, jóvenes y personas de edad avanzada, recibieron los golpes en igual medida por las descerebradas fuerzas del orden. Fue la noche más negra en la historia de la universidad, de la educación y de la cultura.


Boris no se amilanó y fundó el Centro Editor de América Latina (CEAL) que siguió los principios de EUDEBA, vender excelente material y a bajo precio hasta que en 1980, bajo la dictadura de Videla tuvo lugar en un terreno baldío, la quema de libros más grande en la historia argentina. Desde Sófocles hasta Alejandro Dumas, desde Platón hasta Charles Dickens, todos se estaban transformando en cenizas que el viento desparramaba. Miles de horas de escritura, de trabajos de corrección, de gastos de imprenta, logrados trabajosamente, eran pasto de las llamas.
Para los militares cuyos cerebros fueron lavados durante su paso en las instituciones castrenses, un libro era subversivo o comunista hasta que no se demostrara lo contrario. Los uniformados danzaban alrededor como las brujas en un aquelarre en homenaje a Satán, porque quemar libros es un acto diabólico, una de las perversiones más bajas a la que puede llegar un sistema totalitario. Las publicaciones que fueron presa de las llamas no proclamaban la violencia ni el desorden, eran clásicos de la literatura, pero aquellos militares estaban mentalmente incapacitados para analizar tales detalles, eran libros y los quemaban con el mismo placer que embargaba al hombre de las cavernas cuando contemplaba el fuego que le daba calor.
Sin embargo, Boris no se doblegó y siguió trabajando. Sus últimos días estuvieron ligados a la pobreza, vivía muy modestamente, usaba siempre la misma ropa y tenía zapatos muy gastados. Nunca retiró un centavo de la editorial y si entraba algún dinero se reinvertía en papel y tinta otra vez, pero ese modo de trabajo generó un grado de endeudamiento tan grande que cuando murió el 16 de julio de 1994, también murió la editorial.
Boris era un idealista, un espíritu puro, cuyo único interés fue ofrecer conocimientos a través de publicaciones accesibles para todos. Se puede decir sin pecar en exageración, que contribuyó con su talento, empuje, audacia y enorme coraje, al crecimiento de toda la cultura de argentina y de América del último medio siglo.

Peter Conrad. He made us pcik up a Penguin. The Observer 08/05/2005.
Juan Forn. Libros para todos. Página 12 contratapa, 31/05/2013.
Robert McCrum. What would Allen Lane make of Amazon? The Guardian 27/09/2013
Jula Sagard. The tale behind the peguin logo. Creative Bloq, 21,11,2013.

Tomás Eloy Martínez. La batalla de un hombre solo: La Nación 18/03/2006.
Mempo Giardinelli. Vienticuatro toneladas de fuego y memoria. Página 12 26/6/2013.
Delia Maunás. Boris Spivacof. Memoria de un sueño argentino. Editorial Colihue.
Oscar Ranzani. El vínculo de Boris con los libros era absoluto. Página 12, 24/3/2006.